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Opinión | Conocidos y saludados
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Steve Miller, el hombre que susurra a Trump

Polemista osado y contumaz, este asesor sugiere que Venezuela es el prólogo del año que Trump también quisiera napoleónico

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El subjefe de gabinete, Stephen Miller, habla durante el memorial en honor al activista conservador Charlie Kirk, el domingo 21 de septiembre de 2025, en el State Farm Stadium de Glendale, Arizona.

El subjefe de gabinete, Stephen Miller, habla durante el memorial en honor al activista conservador Charlie Kirk, el domingo 21 de septiembre de 2025, en el State Farm Stadium de Glendale, Arizona. / John Locher | AP

Mussolini quería que 1926 fuera su año napoleónico. Ambicionaba la restauración de la grandeza del antiguo imperio romano como Napoleón pretendió la hegemonía europea. En el imaginario totalitario de Il Duce estaba la creación de una Gran Italia dominando el Mediterráneo. Por eso tenía su “fe absoluta en la revolución fascista que ha triunfado porque truncó siempre en su raíz las tendencias, las corrientes e incluso las simples diferencias”. Al disponer de un bloque monolítico advertía que su movimiento no admitía heterodoxias. Y como antes había sentenciado el corso, fundamentó su política en buscar la grandeza italiana porque “lo que es grande es siempre bello”.

El entusiasmo por Il Duce en aquel tiempo de recuperación de la Primera Guerra Mundial llevó a Winston Churchill a mandarle el mismo mes de enero una elogiosa carta en la que destacaba que “Italia gana cada vez más importancia bajo la dirección viril e iluminada de su actual gobierno, que le ha asegurado una magnífica posición en Europa y en el mundo”. Así consta en 'El hombre de la providencia', el segundo volumen de los cinco que Antonio Scurati ha dedicado a 'M' y en el que narra lo acontecido hace exactamente un siglo. Leerlo en la actual coyuntura internacional produce un inevitable escalofrío.

Quienes mantienen que la historia no se repite hoy tienen difícil justificarlo y quienes argumentan que las comparaciones son odiosas no pueden negar que pueden igualmente ser pertinentes. En esas estamos.

No es casualidad que la acción de los Estados Unidos en Venezuela se haya producido a las puertas del quinto aniversario del asalto al Capitolio de Washington. Aquella invitación de Donald Trump, poco antes de abandonar la Casa Blanca tras su primer mandato, se ha saldado con el indulto a casi todas las 1.600 personas implicadas y el apoyo de una cuarta parte de los votantes republicanos a una acción que dejó al mundo estupefacto. Es lógico, pues, deducir que una oportuna cortina de humo ha intentado desviar la atención ante el recuerdo de una página ominosa que, vista en perspectiva, auguraba ya un retorno más osado y beligerante. Una política, ahora sí, diseñada y no improvisada en la que participa de manera significativa y eficaz Steve Miller (Santa Mónica, California, 23 de agosto de 1985).

Hijo de padres demócratas que ya destacó como potenciador de bulos en su etapa estudiantil, el subdirector de Políticas de la Casa Blanca se ha convertido en la voz que mejor susurra al oído de Trump. La confianza le viene de cuando le escribía los discursos en el mandato anterior y aunque su indisimulado ultranacionalismo alguna vez ha sido matizado por su jefe, Miller sabe que las posiciones de ambos casan a la perfección. Ahí están sus ideas contra la inmigración expuestas ya en sus años de instituto, convertidas ahora en programa que el gobierno al que asesora ejecuta sin contemplación. La represión de una protesta cívica en Minneapolis esta semana, con la muerte de una mujer a manos de la policía, es la última prueba.

Polemista osado y contumaz, Miller sugiere que Venezuela es el prólogo del año que Trump también quisiera napoleónico. “El mundo real en el que vivimos –ha dicho a la CNN- está gobernado por la fuerza, la dureza y el poder”. Agárrense los machos.

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