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El secretario de Gardel

Ningún presidente de los EEUU se atrevió a decir que su único límite es su "moralidad", como ha hecho Trump. Junto a él, otros dos matones repartiéndose el mundo: Vladimir Putin y Xi Jinping

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El presidente de EE. UU., Donald Trump, al teléfono en el despacho oval de la Casa Blanca. EPA/MICHAEL REYNOLDS. Sustituye el texto

El presidente de EE. UU., Donald Trump, al teléfono en el despacho oval de la Casa Blanca. EPA/MICHAEL REYNOLDS. Sustituye el texto / MICHAEL REYNOLDS / (EPA) EFE

En plena dictadura franquista, el bar Capri de La Bisbal d’Empordà (Girona) reunía en sus tertulias a un grupo de jóvenes alrededor de Josep ‘Joe’ Plaja, quien fuera secretario de Carlos Gardel. Plaja (La Bisbal, 1900), fue uno de los tres supervivientes del accidente de avión de Medellín (24 de junio de 1935), en que falleció el cantante de tango. Regresó a su población en 1942, tras haber sido intervenido de sus múltiples quemaduras en Estados Unidos.

Plaja llegó a Nueva York en 1919 para buscar fortuna. Trabajó en banca, en el comercio de corcho y otros menesteres hasta que acabó trabajando -su buena imagen lo acompañó- para los estudios Paramount en Los Ángeles. Allí conoce a Gardel, que lo convierte en una de sus personas de confianza, participando incluso en películas de Hollywood.

Mi padre, uno de los participantes de esas tertulias, recordaba el afecto y entusiasmo con que Plaja hablaba de Estados Unidos, especialmente de Kennedy. Apostolaba sobre la capacidad de poder cumplir el sueño americano, de la meritocracia y la igualdad de oportunidades, de la libertad que se respiraba y, sobre todo, de la defensa acérrima que hacía de la defensa de los valores democráticos que pasaron por participar en la liberación de Europa del nazismo.

Fruto de los temas que debían hablarse en aquellas conversaciones, recuerdo que mi padre siempre achacó a Estados Unidos su falta de voluntad de haber liberado también a España del yugo franquista en la segunda mitad de los años cuarenta. Demasiado tiempo perdido, decía. Claro que, para la nueva política exterior estadounidense, ya inmersa en la guerra fría contra la URSS, España era un peón más contra el peor mal comunista.

Los pactos del presidente Dwight Eisenhower con Franco -entre los que se incluyó la instalación de las torres de comunicaciones de Radio Liberty en la playa de Pals- no tuvieron en cuenta para nada el regreso de la democracia en España. Los intereses, como iba ocurriendo a lo largo y ancho del planeta, eran otros.

A Donald Trump, como a muchos de sus predecesores en la Casa Blanca, le interesa bien poco establecer la democracia en Venezuela, mal que les pese a los ciudadanos de ese país, residentes y exiliados. A Trump le interesa el petróleo y lograr abaratar su precio para consumo interno, como también le interesará el petróleo de Irán, si la revuelta contra el régimen de los ayatolás acaba triunfando, tal como muchos deseamos.

Los intereses económicos, estableciendo un área de influencia y control, seguirán marcando el tablero mundial con una diferencia respecto al pasado. Ningún presidente de los EEUU se atrevió a decir, a preguntas de periodistas de 'The New York Times', que su único límite es su "moralidad", como ha hecho Trump. Junto a él, otros dos matones repartiéndose el mundo: Vladimir Putin y Xi Jinping. ¿Y la Unión Europea? Sigue siendo el triste y bonito queso en medio del sandwich que batalla para no derretirse. Plaja estaría muy desencantado de ver el panorama.

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