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Opinión | Izquierda
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El bronceado revolucionario de Pablo Iglesias

Hace bien la parejita en disfrutar de la vida. A ver si por ser de izquierdas no va a poder uno vivir en un casoplón o llevar a los retoños a un colegio privado

Pablo Iglesias

Pablo Iglesias

Ni las revoluciones ni los golpes de Estado deberían llevarse a cabo durante las vacaciones, porque pillan a los líderes de la izquierda en el Caribe o en una estación de esquí -depende de la época- y los pobres reaccionan a destiempo. Por no mencionar que, al estar a otras cosas, en lugar de publicar en las redes un vídeo gritando “¡camaradas, viva la revolución!”, por la fuerza de la costumbre les puede salir un “¡camarero, eche aquí un poco más de ron!”. A Pablo Iglesias y señora, lo de Venezuela les ha pillado esquiando, tan ajetreada vida llevan que no pueden ni distraerse unos días de su sufrido trabajo, así que para demostrar a los españoles que son unos revolucionarios de tomo y lomo, han tenido que salir a declarar algo, lo que fuese, desde donde están disfrutando del capitalismo, no iban a acortar sus vacaciones. Ni tiempo les dio a maquillarse un poco para ocultar la marca de las gafas de esquí, o a lo mejor es que prefieren posar así, con la marca, que se note que viven bien. Yo tenía un amigo que cuando iba a esquiar procuraba siempre que le quedase la marca de las gafas de sol bien visible -no se las quitaba ni para tomar café en la terraza del hotel de montaña-, de manera que después de las vacaciones de Navidad, de regreso a los Maristas, todo el mundo supiera que había estado en La Molina. A Iglesias y señora también les parece vulgar regresar a Madrid y andar diciendo a sus seguidores que han estado en Baqueira -o en los Alpes, o donde estuviesen-, es mucho más elegante que lo adivinen por sí mismos al verles la cara a dos colores, como un helado de nata y fresa. Si les corroe la envidia, mucho mejor, es por su bien, a veces la única forma de que el obrero se sume a la lucha de clases es demostrarle que, si por casualidad consigue liderar la revolución, no tendrá que volver a trabajar jamás.

Hace bien la parejita en disfrutar de la vida. A ver si por ser de izquierdas no va a poder uno vivir en un casoplón, llevar a los retoños a un colegio privado, viajar en primera, conseguir que mis seguidores aporten dinero para mis negocios privados (¿para qué sirven los seguidores de un político si no es para contribuir a la buena vida de este? En Waterloo está el Vivales para demostrarlo), tener chacha y niñera o ir a esquiar en vacaciones. Eso sería antes, hoy en día para ser de izquierdas basta con utilizar el lenguaje inclusivo, ver fútbol femenino y llamar facha a quien discrepe. No como Lula, Mujica y unos cuantos dinosaurios más, que nunca entendieron lo que es la auténtica izquierda. Pablo e Irene, que si llevan nombre de reyes bien se merecen un tren de vida acorde, se han propuesto luchar contra el capitalismo mediante el sistema de vivir como un auténtico capitalista, no como cualquier capitalista, sino como uno de clase alta, que son los peores. ¿No es digno de elogio que, aunque preferirían vivir como humildes trabajadores, opten por un elevado tren de vida, solo para poder relatar de primera mano las maldades del capitalismo? Están sacrificando su vida por la revolución, por lo menos mientras en las pistas de esquí haya nieve primavera.

De todas formas, tal vez nos estemos precipitando al situar al matrimonio Iglesias entre nieve, abetos, fiestas, vino caliente, alta sociedad, frivolidad, saunas, clases de esquí y servicio de habitaciones. Bien podría ser que el peculiar bronceado que lucen en la mitad de su cara lo hayan conseguido trabajando de soldadores en un taller de Usera, junto a obreros como ellos, a los cuales aleccionan en la lucha contra el capitalismo y de paso les piden un donativo para la taberna Garibaldi. O arando de sol a sol un campo de la sierra del Guadarrama, mientras cantan “campesino despierta, español, que no es tarde” y beben agua de un botijo. Arando sin burro ni buey, por supuesto, solo con la fuerza de sus manos, que por algo son animalistas. Y turnándose los dos para ejercer de la bestia que tira del arado, ahora Pablo, ahora Irene, que por algo también son feministas.

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