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Opinión | Bloglobal

Trump se salta todas las reglas

Manifestación el miércoles en Colombia contra la intervención de Estados Unidos en Venezuela.

Manifestación el miércoles en Colombia contra la intervención de Estados Unidos en Venezuela. / AP Photo/Santiago Saldarriaga

“Al proceder sin ningún atisbo de legitimidad internacional, autoridad legal válida o respaldo nacional, Trump se arriesga a dar una justificación a los autoritarios de China, Rusia y otros países que quieren dominar a sus propios vecinos. De forma más inmediata amenaza con reproducir la arrogancia estadounidense que condujo a la invasión de Irak en 2003”. El párrafo precedente es parte del análisis que el comité editorial de The New York Times publicó el domingo, 4 de enero, con el título El ataque de Trump a Venezuela es ilegal e imprudente. El comité opera por su cuenta, lo forman personas cualificadas y refleja habitualmente el pensamiento liberal, un espectro ideológico que engloba desde el establishment demócrata a las nuevas manifestaciones de orientación progresista (Zohran Mamdani, la última figura emergente). Esto es, se sitúa en las antípodas de cuanto representa Donald Trump y esa brutalidad sin freno que justifica uno de sus asesores con la condición de superpotencia de Estados Unidos.

La intervención en Venezuela -bombardeos y muertes incluidos-, el secuestro de Nicolás Maduro y Cilia Flores, la articulación de una nueva realidad mediante los colaboradores más inmediatos del presidente depuesto ajustándose a los designios de Trump, la interceptación de petroleros, la amenaza inmediata de hacerse con Groenlandia con el encubrimiento falaz de que precisa la isla la Casa Blanca por razones de seguridad nacional, todo lo que constituye el argumentario justificativo de la crisis constituye una amenaza global, reflejo de la “arrogancia estadounidense” citada por el gran periódico de Nueva York. A ningún demócrata le gustan Maduro y sus secuaces, pero la mayoría de ellos, encabezados por los hermanos Rodríguez -Delcy y Jorge- se han puesto al frente de las operaciones para que se haga efectiva la tutela permanente -política, militar y económica, sobre todo económica- de Estados Unidos sobre Venezuela. Son Maduro y compañía un ejemplo palmario de manipulación de un proceso electoral, pero la falta de legitimidad de un mandatario que se dio por reelegido en julio de 2024 sin presentar las actas acreditativas de tal reelección no legitima una arremetida que viola normas elementales del derecho internacional, asalta el principio de soberanía reconocido por las Naciones Unidas a todos los estados y actualiza la “lógica de las cañoneras” (Eduardo Galeano, el autor del concepto).

La doctrina Monroe vuelve a escena, no solo porque se cita específicamente en la Estrategia de Seguridad Nacional, recientemente difundida por la Administración de Trump, sino porque el presidente se ha ocupado de proclamar en público que es plenamente vigente: a ojos de Washington, América Latina sigue siendo el patio trasero al que mantener sujeto a los intereses de la superpotencia. Algo que es tanto como consagrar el sistema o modelo de áreas de influencia en el reparto del mundo, que complace sin duda a Rusia -Ucrania, un patio trasero ruso- y China -Taiwan, en el horizonte-, y que, se mire por donde se mire, hace saltar por los aires los fundamentos del orden multilateral, menos factible a cada día que pasa.

Trump se salta todas las reglas y el único núcleo de poder discrepante, la Unión Europea, arrastra los pies a la hora de afrontar la situación, dice preparar una contraofensiva si empeoran las expectativas en Groenlandia y deja que los habituales caballos de Troya -Hungría y algún otro más o menos emboscado- perseveren en la desunión a las órdenes de Rusia. Las referencias a una transición ordenada en Venezuela y a respetar el derecho internacional son francamente elocuentes de la impotencia europea para mostrar por fin autonomía estratégica porque, es obvio, la transición no será ordenada, sino impuesta, y el derecho internacional ha sido reiteradamente vulnerado desde hace meses. La claudicación europea, que se puso de manifiesto con la aceptación del castigo arancelario sin responder con medidas efectivas y proporcionadas, sigue su curso a pesar de que uno de sus socios ve amenazada su soberanía y, caso insólito, la potencia amenazante es tan miembro de la OTAN como Dinamarca.

Se desprende de todo ello una insalvable sensación de vulnerabilidad, de progreso acelerado de una arbitrariedad sin contemplaciones que da alas a la extrema derecha y erosiona el papel central que debe desempeñar Europa en la preservación de la cultura democrática. Gana adeptos una actitud poco menos que contemplativa frente a las andanadas de un aliado que ha dejado de serlo, pilotado por un equipo que desprecia a Europa -el vicepresidente J. D. Vance, el más significado- y que lleva a la práctica el sueño vengativo de Marco Rubio, hijo de cubanos exiliados en Miami. Es absurdo negar tales evidencias o actuar como si fuesen solo fruto de la fantasía. Es imposible tener un papel determinante en el desenlace de la invasión de Ucrania o en el rescate de Gaza de la matanza y de la ruina material si la voz de Trump es la única a la que Binyamin Netanyahu se siente obligado atender.

Los sucesos de Venezuela, amenazantes para democracias indiscutibles como México y Colombia, y para regímenes ajenos a la democracia como los de Cuba y Nicaragua, son asimismo un mensaje dirigido al resto del hemisferio occidental: han cambiado las reglas del juego y se sienten en la Casa Blanca legitimados para controlar cuanto eventualmente dañe sus intereses políticos y su cartera de negocios, con la energía y las tecnofinanzas en primer lugar, ámbitos en los que se jalea el programa de Trump sin interrupción ni tregua.

En el horizonte están las elecciones de mitad de mandato del 3 de noviembre, con todas las encuestas de aceptación del presidente a la baja con una rotundidad desconocida para un primer año de mandato. Quizá los acontecimientos en curso y su escenificación, propia de un reality show, tenga que ver con esa reacción de la opinión pública, necesitado el presidente de recuperar adeptos a la causa para no salir escaldado de las urnas o necesitado -todo es posible- de darse por vencedor, aunque los escrutinios arrojen un resultado contrario, y entonces recurra, como en 2020, a la vieja táctica de presentarse como víctima de un fraude electoral. Nada debe descartarse de aquí a noviembre, incluidas “cosas malas”, como dice Trump en su léxico más elemental y primario, porque las próximas elecciones serán determinantes para quienes el director de este periódico ha caracterizado como “los chalados que envuelven a Trump”, ese orfeón amoral de voces a los que molesta cualquier restricción legal que sujete sus ambiciones.