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Opinión | Parece una tontería
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Tener ideas para nada

Cualquiera puede tener una idea maravillosa en los primeros instantes, llamada a no servir para nada, salvo para sacarle brillo hasta que se olvida, y con el tiempo se olvida que se olvidó

El cineasta Alfred Hitchcock

El cineasta Alfred Hitchcock / Sara Martínez

Pienso a veces en esas ideas que tienen buena pinta, sobre todo a principio de año, y que al final no van a ninguna parte. Hay algo en su propio peso que las condena a caer sin esperanza, a reventar contra el suelo. Durante un tiempo tales ideas iluminan la cabeza de la que nacen como un fuego descontrolado, un resplandor atómico, y transcurrido su gran momento se parecen ya más a la llama de una cerilla, y después, directamente, a una cerilla apagada y arrojada a la acera. Quizás fuese una magnífica iniciativa llevar cuenta en una libreta de las ideas que no llegan a nada, como quien mete conchas en una lata, o gomas de pelo, o monedas, o fotos, o lápices de memoria, para ver el efecto que produce la simple acumulación a la vuelta de los años.

Recuerdo que en una ocasión a Alfred Hitchcock se le ocurrió una idea buenísima para una película que, por supuesto, tampoco salió adelante. No fue la primera vez. En el cine las ideas para películas no llegan a ninguna parte muchísimas veces. En esa oportunidad, el director pretendía gestionar la aparición de un inesperado cadáver. Fascinado por las fábricas de automóviles de Ford, trabajó en una escena dialogada entre Cary Grant y un contramaestre de la fábrica ante una cadena de montaje. Detrás de ellos –le explicó a Truffaut en una de sus entrevistas–, el automóvil empezaría a ajustarse pieza a pieza, desde cero.

Al final del diálogo, Grant y el empleado debían volverse a contemplar el coche totalmente montado a partir de un simple tornillo y comentarían: «¡Es formidable, eh!». Y en ese instante, abrirían la puerta del coche y caería un cadáver de su interior. A Truffaut le pareció una idea maravillosa. Y a mí, aunque yo no sea nadie, también. Pero se le suscitaba un problema no pequeño a Hitchcock: ¿de dónde había salido el cadáver? Del vehículo no, porque al principio de la escena no era más que un tornillo. El cadáver había caído de la nada, sin más. La idea era tan bella y gratuita que el director británico, que amaba las escenas gratuitas, no logró integrarla en la historia. No llegó, pues, a ninguna parte. Cayó por su propio peso.

Cualquiera puede tener una idea maravillosa en los primeros instantes, llamada a no servir para nada, salvo para sacarle brillo hasta que se olvida, y con el tiempo se olvida que se olvidó. De esto también habló Hitchcock una vez, a propósito de un guionista al que siempre se le ocurrían las mejores ideas en plena noche, mientas dormía, y al despertarse por la mañana no conseguía recodarlas. Un día se dijo: «Voy a colocar una hoja de papel y un lápiz al lado de la cama, y cuando se me ocurra una idea, la podré escribir». ¿Gran idea? En todo caso, fue lo que hizo, y una noche se despertó de repente con una idea maravillosa, que escribió en el papel, antes de dormirse de nuevo. Por la mañana, vio que el papel ponía: «Un chico se enamora de una chica». La anécdota sirve para reafirmarse en que no pasa nada porque la mayoría de ideas no llegan a ninguna parte.

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