Venezuela y el petróleo: cuando la riqueza se vuelve trampa

Personas transitan frente a un mural del presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, este domingo en Caracas (Venezuela). / EFE/ Ronald Peña R
Cerdo y hallaca. Ese fue el plato navideño que comí en Caracas en diciembre de 2013, durante mi visita a Venezuela de la mano de Juan Carlos Escotet, presidente de Banesco, el mayor banco privado del país. Escotet competía entonces por hacerse con el banco de las cajas de ahorros gallegas, operación que ganaría semanas después. Quería que conociéramos de primera mano su grupo financiero, que mantenía una relación pragmática con el régimen. Hugo Chávez había fallecido y Nicolás Maduro ya era presidente. Caracas, marcada por las tensiones políticas y las desigualdades extremas, mostraba al visitante una fachada de lujo respaldada por las mayores reservas petroleras del mundo. Estos recursos han sido clave en la decisión de detener y encarcelar a Maduro para ser juzgado en Estados Unidos por narcotráfico.
El crudo ha sido durante décadas el verdadero motor de Venezuela, pero también su mayor trampa. Sus ingresos nacionalizados financiaron programas sociales y subsidios de los Gobiernos de Chávez y Maduro. Sin embargo, la dependencia peligrosa de un solo recurso, sumada a la corrupción estructural y al desmantelamiento de las infraestructuras, destruyó la producción. De más de tres millones de barriles diarios, hoy apenas se supera el millón. La riqueza petrolera, sin instituciones sólidas, puede ser una maldición más que una oportunidad.
Hoy, el crudo venezolano se encuentra en una nueva encrucijada por la acometida del sábado de Donald Trump. Este quiere flexibilizar las sanciones y recuperar activos para las empresas estadounidenses con la intención de acelerar la reactivación de la industria y proteger los intereses de Washington. Pero es un arma de doble filo. La población, que ha sufrido años de crisis, puede percibir esta intervención como una colonización económica. A nivel internacional, tensaría las relaciones con China y Rusia, países que también tienen intereses en el petróleo venezolano.
Mientras degustaba aquel plato, era imposible no sentir la tensión que ya marcaba el rumbo del país caribeño. Ese cerdo y esa hallaca no solo eran sabores navideños, sino el recordatorio de cómo la riqueza de las reservas puede sufrir por la fragilidad de sus instituciones.
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