'Arqueoladrones' & Co.
El viejo negocio de los saqueadores de tumbas no acabó con los anticuarios, coleccionistas y comerciantes que, sobre todo en etapa colonial, surtieron a renombrados museos
Los 50 precedentes inquietantes del robo de las joyas del Louvre

Indiana Jones / Sociespectacular.com
Soy arqueólogo, aunque no haya enmarcado el título. Preferí un retrato de Darwin, la foto de Katherine Hepburn y el poster de Chewbacca. A la izquierda del 'wookie' destaca otra capilla: las imágenes del Dr. Henry Jones y un colega arqueólogo de ficción. Es el cartel de 'Indiana Jones y la última cruzada'. ¿Un expoliador de tesoros en casa?
Durante mis primeras excavaciones con los arqueólogos Josep M. Fullola Pericot y Eudald Carbonell, al finalizar la campaña cubríamos el yacimiento bajo lonas de plástico. Howard Carter, en 1922, mandó forjar una reja para tapiar la entrada a la tumba de Tutankamón; en cambio, un abrigo rocoso es difícil de cerrar. Armados de útiles de dentista y pinceles, nuestro peor miedo era comprobar –cuando regresábamos al mismo sitio– que los «arqueoladrones», a pico y pala, hubiesen revuelto la estratigrafía en busca de vestigios. Objetos que, por sí solos, fuera de todo contexto, carecen de sentido en la colección privada del expoliador, si es que no acaban en el mercado negro. Así ocurrió tras el asalto al Museo Nacional de Irak, no por parte de exaltadas hordas locales –como se nos intentó hacer creer– sino por aleccionadas tropas occidentales. Mientras que Bush, Blair y Aznar proclamaban el 9 de abril de 2003 como Día de la Liberación, el corresponsal Robert Fisk escribió: «Día del saqueo de Irak». Alrededor de 170.000 piezas arqueológicas salieron ilegalmente del país. Un valioso patrimonio histórico que, por fascículos, ha ido reapareciendo en lotes de casas de subastas internacionales... ¿quién da más?
El viejo negocio de los ladrones de tumbas no acabó con los anticuarios, coleccionistas y comerciantes que, sobre todo en etapa colonial, surtieron a renombrados museos: British de Londres, Pergamon de Berlín, Metropolitan de Nueva York... también por nuestros lares. Hoy, el saqueo arqueológico sigue vigente, y al alza. No solo el buzo que extrae un ánfora del mar, o el tipo con detector de metales que rastrea ajuares íberos y trofeos de guerra por el campo. Cabe añadir el reciente robo en el flamante Louvre de París. Y es que traficar con antigüedades mueve mucho dinero y, en ocasiones, incluso tienta a los mismos profesionales encargados de proteger el pasado. En 2024 fue denunciado el supuesto ladrón del British; un prestigioso conservador que desvió reliquias del museo (se habla de miles) a la plataforma eBay.
La arqueología, en sus orígenes, evolucionó rodeada de «arqueoladrones». Lo refleja muy bien el filme 'En busca del arca perdida'. Año 1936; Marcus Brody le dice a Indiana Jones que el museo de la universidad comprará todas las piezas que ha traído, y sin hacer preguntas. Con ello consuela a Indy tras su intento fallido, en Perú, de conseguir el ídolo de oro hovito; se lo ha arrebatado otro «arqueoladrón», René Belloq. En clase, el Dr. Jones acaba de explicar que es lícito apoderarse de los tesoros de un yacimiento etrusco: «No confundáis eso con robar. En todo caso se trata de retirar el contenido del túmulo...». Hizo lo mismo Hiram Bingham al llegar a Machu Picchu, en 1911. Arrasó con la ciudadela inca y se llevó el contenido a Estados Unidos.
Eran otros tiempos. En la actualidad no solo ha cambiado la manera de trabajar, seguimos métodos científicos; a la vez existe una legislación internacional que debe respetarse. Nadie, que no tenga permiso de prospección o excavación, ni tan siquiera un arqueólogo o arqueóloga con título, puede tocar, extraer o exhibir, mucho menos vender, el patrimonio histórico.
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