Un año nuevo

Personas sintecho en Barajas / Alba Vigaray
A primera hora de la mañana salí de casa de un amigo. No tenía nada que hacer hasta dos horas después, pero como él se marchaba de viaje me quedé en la calle cargado con mi macuto a la espalda. Ya no tengo un techo propio en Barcelona. Ya no es mi ciudad. En la Meridiana coincidí con los únicos que madrugan los sábados, los que no tienen hogar. Recogían sus cartones, apuraban la cerveza que habían dejado a medias y se cargaban su mochila para ponerse a caminar.
A medio camino de ninguna parte me encontré con Amón. Hacía seis meses que no sabía nada de él. Este hombre vivía en la calle desde que tuvo que dejar el Ejército por una herida de guerra. Era hijo de una prostituta canaria. No bebe. No se droga. Pero no tiene donde caerse muerto.
Nos conocimos cerca de mi antigua casa de Barcelona. Apareció de la nada y se hizo cargo de Gabriel. Gabriel es otro habitante de las calles de Barcelona al que hacía tiempo que yo intentaba ayudar. Le conseguía ropa, le daba comida. Siempre intenté que dejara de beber. Llegué a sacarle de la calle. Pero pronto volvió. Prefirió gastar los cuatro duros que le daba el Estado en bebida. Nos pasamos un par de años en aquel tira y afloja, en una constante guerra entre la pura esperanza y la más absoluta desesperación.
Tuvo que llegar este hombre con nombre de dios egipcio para que viéramos a abandonar la bebida a Gabriel. Amón le montó una tienda de campaña junto a la suya bajo la Carretera de las Aguas. Tenía un campamento allí hasta que la policía tuvo que echarles. Como por arte de magia Amón salvó a Gabriel. No sé por qué lo hizo. Quizá quiso salvar en Gabriel al padre que nunca tuvo. Le duchaba. Le conseguía ropa y comida. Gabriel, que había sido cocinero profesional antes de marrar su camino, preparaba la comida para los dos. Le sometió a una cierta disciplina. Pasaban todo el día juntos. Quizá aquello fue lo que le llevó a dejar el alcohol. Ya no necesitaba empapar las ausencias de aquellos que abandonó con carajillos y birras. Amón llenó todo su vacío.
Pero cuando me encontré Amón en Meridiana no estaba con él. Hacía tiempo que Gabriel no me cogía el teléfono. Amón me dijo que hacía unos meses Gabriel había recibido una herencia de 80.000 euros. Con ese dinero volvieron todos sus demonios. En dos meses había quemado casi todo. Prostitutas, juego y alcohol. Amón no soportó aquel destrozo y se marchó de su lado. «Lo está tirando todo a la basura otra vez. Me duele, pero la vida es así. Hay cosas que no cambian por mucho que pasen los años», me dijo antes de separamos.
Tiene razón. El tiempo no cambia las cosas. Después de cumplir su ciclo las devuelve a su lugar. Un año más puede no ser un año nuevo. Si hay algo que tiene el poder de cambiarnos son todas aquellas deidades que de forma inexplicable aparecen en nuestra vida para ahuyentar a nuestros demonios. Ellos son toda nuestra fortuna.
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