Luces y sombras en la Marcha Radetzky
Celebramos la innovación cuando es elegante y controlada, pero nos incomoda cuando señala nuestras vergüenzas
Nézet-Séguin firma un brillante y energético Concierto de Año Nuevo
El oscuro pasado del Concierto de Año Nuevo: un experimento nazi que la Filarmónica de Viena quiere olvidar

El maestro canadiense Yannick Nézet-Séguin, durante el Concierto de Año Nuevo, este 1 de enero de 2026 en Viena. / Dieter Nagl (Filarmónica de Viena / EFE)
El Concierto de Año Nuevo de 2026 dejó una imagen para nuestro imaginario. El descarado director canadiense Yannick Nézet-Séguin decidió comenzar la Marcha Radetzky desde la platea, rompiendo de un solo gesto décadas de coreografía inmutable. No fue solamente una anécdota simpática ni un capricho escénico: fue un mensaje. En el ritual quizás más conservador del calendario cultural europeo, alguien se atrevió a decir que la tradición también puede moverse. El efecto fue inmediato: impacto mediático global y una sensación compartida de estar viendo algo que no estaba previsto. Habíamos aceptado desde siempre que este concierto es intocable, casi litúrgico, condenado a repetirse como una ceremonia de autocomplacencia europea. Y, a pesar de la dirección moderna del director canadiense, la música no perdió solemnidad, la orquesta no se resintió, el mundo no se detuvo. Nézet-Séguin dirigió con una energía casi física, sudando, respirando con los músicos, alejándose de la imagen distante y ceremonial que suele dominar el podio vienés. Incluso su vestimenta, más moderna, sin corbata y con ornamentos más propios del oeste americano que de una tradicional sala de conciertos, parecía subrayar la idea de que el respeto a la tradición no exige inmovilidad, y que la música clásica no es una vitrina, sino un acto vivo.
Sin embargo, cuando alguien innova en un espacio semisagrado como es la Goldener Saal del Musikverein, las consecuencias van más allá del fogonazo que caracteriza las redes sociales. Porque el gesto, aunque sea sin quererlo, abre una grieta, por donde se cuelan preguntas incómodas. Si todo puede cambiar, ¿por qué hay cosas que siguen intactas? Y surgen preguntas inevitables: ¿Por qué ninguna mujer ha dirigido todavía el concierto de música clásica más visto del planeta? ¿De verdad no existe una directora capaz de hacerlo o es que lo único que falta es la voluntad de asumir el cambio? Los interrogantes alcanzan también al público que, desde la platea, se muestra al mundo. La imagen elitista, homogénea y envejecida de la sala, más propia del imperio austrohúngaro que de una sociedad del siglo XXI, contrasta con la Europa real, diversa y mucho más mestiza.
Porque lo que se ha constatado es que celebramos la innovación cuando es elegante y controlada, pero nos incomoda cuando señala nuestras vergüenzas. El gesto de Nézet-Séguin ha servido para abrir un camino de renovación en uno de los actos más petrificados de Europa, pero al mismo tiempo ha subrayado todo el camino que queda por recorrer. Ahora que la ultraderecha cutre, desde Elon Musk a Aliança Catalana, sueña con un mundo imposible y racista de hombres ricos blancos y poderosos, actos tan simbólicos como el Concierto de Año Nuevo deberían servir justamente para avanzar en la dirección contraria. Hasta que no veamos a una mujer dirigiendo la orquesta y un público mucho más diverso, no podremos cantar victoria.
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