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Y el barco sigue navegando

Hay que estar orgulloso de vivir en un país donde el Estado del bienestar es una realidad y donde, a pesar de los pesares, se busca ayudar al más desprotegido

Descanso disfrutando de playas

Descanso disfrutando de playas / PARADORES

Miles de personas iban y venían por el paseo marítimo que une Gavà y Castelldefels el 1 de enero al mediodía. Unos andando, otros corriendo, en bicicleta o patinete. Algunos, incluso, se habían acabado de dar el primer chapuzón de 2026. En las terrazas que habían inaugurado ya el nuevo año, ese pequeño lujo mediterráneo, el aperitivo, se volvía a repetir, como cualquier otro fin de semana. Una imagen de celebración, cada uno a su manera, que se repetía en toda España. Al lado del mar, en los parques de las ciudades o en las recorridos de montaña y campo más populares.

1 de enero. Las calles se habían vuelto a abrir, los empleados de los hospitales seguían atendiendo a los ingresados y a las urgencias, la policía patrullaba, los responsables de limpieza de nuestros espacios públicos -tantas veces olvidados- mantenían nítidos nuestros barrios, los aviones seguían despegando y aterrizando de los aeropuertos, el transporte público llevaba a las personas a trabajar, a ver sus familiares o amigos. Seguro que una maestra o un maestro en algún lugar pensaba en cómo lograr que sus alumnos se interesaran y aprendieran aún más sus lecciones. También, en ese inicio de 2026, debía haber buenos políticos, honrados, sin doblez, que más allá de las siglas que defienden, estaban pensando en cómo mejorar la gestión en beneficio de sus ciudadanos, en entenderse con sus rivales, sin necesidad de gritar e insultar.

Cuánto cuesta contar lo que funciona. Elaborar la buena noticia que supone vivir en uno de los países más seguros del mundo, con una de las esperanzas de vida más altas, con un nivel de servicios públicos e infraestructuras que empieza a ser envidia de países, en teoría, mucho más desarrollados. Y, lo más importante, con el mejor de los activos, tan nuestro: las relaciones familiares y sociales.

Nos olvidamos de que vivimos en un lugar privilegiado de un planeta lleno de territorios donde las guerras y la miseria triunfan. Tenemos, sin duda, problemas, expectativas no cumplidas, frustraciones e incertidumbres que las nuevas tecnologías y el acceso inmediato a la información sirven para acrecentar. No todo funciona como uno desearía e intentar encontrar pócimas y recetas mágicas no siempre es posible. Hay que estar orgulloso de vivir en un país donde el Estado del bienestar es una realidad y donde, a pesar de los pesares, se busca ayudar al más desprotegido. Compare dónde estábamos hace cincuenta años y dónde ahora. «Por eso pagamos tantos impuestos», suelo escuchar. «Pues sí, aunque algunos que vivían de ser servidores públicos robaran, otros malgasten recursos o los más incapaces solucionen todo hinchándonos a burocracia», hay que responder. La democracia y la justicia está para ir separando las malas hierbas.

Los extremos, a uno y otro lado del arco ideológico, siempre querrán vender fatalidad y usar la propaganda como arma arrojadiza para contar mentiras. Contra estos mensajes, más democracia, más transparencia, explicar los hechos y los datos, alertar sobre qué va mal y no esconder las alas cuando sea necesario. Así, el barco seguirá navegando.

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