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Opinión | Décima avenida
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Este instante de nuestra democracia

Los jóvenes deben entender que el analfabetismo o el desinterés político es un lujo que generacionalmente no se pueden permitir cuando ni empleo ni vivienda les permiten construir proyectos de vida

El rey Felipe VI, durante su mensaje de Nochebuena.

El rey Felipe VI, durante su mensaje de Nochebuena. / Casa del Rey

Dado que lo de las lecturas obligatorias en escuelas e institutos es, al parecer, una ocurrencia de 'boomers' a erradicar (como lo son las pensiones de jubilación, convertidas para muchos admiradores de andorranos súbitos en la mayor causa de desigualdad de este mundo del 1% y el 99%, ‘cosas veredes’), me atrevo a sugerir que en los institutos encuentren un puñado de horas para que nuestros adolescentes vean la serie ‘Anatomía de un instante’, basada en la obra de Javier Cercas. Es una buena oportunidad para enseñarles un par o tres de cosas sobre la política: que lo que parece novísimo en forma de zascas y memes en realidad es muy antiguo, un viejo y feo conocido de este país y de Europa; que el progreso y el bien común no lo construyen los puros, sino los equidistantes, los tibios y los traidores, que son los que tienen el coraje de escuchar y hablar con el adversario y, a veces, con el enemigo; y que el analfabetismo o el desinterés político son un lujo que generacionalmente no se pueden permitir: que cuando ni empleo ni vivienda les permiten construir un proyecto de vida es un suicidio generacional desentenderse de la cosa pública, porque en política el vacío que uno deja siempre lo llena otro.

El discurso del Rey la pasada Nochebuena fue inusitadamente explícito. Felipe VI efectuó el enésimo elogio de la Transición para, a continuación, instar a los ciudadanos a preservar la “convivencia democrática” ante la “crisis de confianza en la democracia”, que da alas a los “extremismos, radicalismos y populismos”. Por supuesto, en la arena política nadie se da por aludido y todo el mundo considera que los extremistas, los radicales y los populistas son los demás. No hay nada más radical que el sanchismo, gritan quienes aplauden que se expulsen a decenas de personas en Badalona incluso debajo de un puente, pues estos pobres de hoy no se merecen ni siquiera acampar donde solían hacerlo los mendigos con nombres cristianos. No, los extremistas son los fachas que han roto los consensos, racistas, machistas y orgullosos herederos del “que muera la inteligencia”, chillan los que instan a boicotear (cancelar suena más posmoderno) conferencias y presentaciones de libros. Libertad, gritan todos; ladrones, corruptos, se acusan todos entre ellos. En lo único en lo que coinciden es en destruir la conversación pública, erosionar las instituciones, desprestigiar la política y tensionar a la ciudadanía. En eso, todos están haciendo un extraordinario trabajo. Tan bueno, que el Rey que reina gracias a la restauración de la democracia hace 50 años habla de la “crisis de confianza” en el sistema democrático. ‘Cosas veredes’, efectivamente.

Es conocido que el “todos los políticos son iguales” es el primer paso hacia el lado oscuro del populismo. No lo son (en especial los alcaldes, que suelen ser lo mejor de nuestra política), pero lo cierto es que la historia reciente se lo pone muy difícil a los ciudadanos para pensar de otra forma. La etapa de Mariano Rajoy acabó asfixiada por la corrupción, con una moción de censura apoyada por la mayoría del Parlamento (que, en una democracia parlamentaria, es lo mismo que decir que la mayoría de los españoles, un detalle que el PP aún no ha aceptado ni asimilado). La era de Pedro Sánchez se ha convertido en un largo ejercicio de supervivencia en el que la caída de dos secretarios de Organización y hombres de máxima confianza del presidente es una prueba de resiliencia en plena tormenta de fango. Claro que hay fango, por supuesto que a Pedro Sánchez se le ataca de forma atroz desde antes de ser presidente del Gobierno; pero nada de ello justifica no asumir la responsabilidad política de los casos Ábalos y Santos Cerdán, porque no hacerlo daña la democracia que se dice querer defender.

Suele decirse que el ruido, el maniqueísmo y la propaganda caracterizan a estos tiempos de polarización. No lo niego, pero creo que el fraude intelectual es la base. Hace tiempo que los políticos de todos los colores coincidieron en decretar la muerte de la inteligencia. Bien pensado, si algo pueden aprender nuestros adolescentes de ver ‘Anatomía de un instante’ son dos cosas: que la Transición con redes sociales hubiera sido imposible y que la principal diferencia entre aquellos políticos y los de ahora es la responsabilidad y la solidez intelectual.

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