Saltar al contenido principalSaltar al pie de página
Opinión | Festividades
Por qué confiar en El Periódico Por qué confiar en El Periódico Por qué confiar en El Periódico

Feliz navidad (o paliza en el portal)

Según algunos, el deseo navideño es un acto de rebeldía en 2026 que sitúa a quien lo hace en la liga heroica de las primeras comunidades cristianas clandestinas

Tráiler de 'Una batalla tras otra'

Estaba pensando sobre qué escribir esta semana, en la terraza de mi bar chino de confianza y con la ayuda de una cerveza, cuando se cruzaron justo ante mí un vecino de mi finca con un conocido del barrio. El vecino es un tipo jovial, que en Sant Joan baja con su altavoz 'bluetooth' y pone a la Creedence o a Janis Joplin, y el conocido a quien saludaba es el afable dueño de un colmado pakistaní, que regala chupachups a mis hijos cuando le compro una garrafa de agua. “Coño, ¡feliz navidad!”, le dice el primero al segundo, para luego corregir: “Hostia, claro, Navidad no. Bueno, ¡pues felices fiestas! Pero tú, claro, las fiestas no sé, entonces…”. Dejaremos la resolución de esta escena para el final del texto, pero indagaremos a renglón seguido en el tema que plantea.

Si atendemos a las polémicas en redes y grupos de whatsapp, este cuadro de costumbres podría acabar mal. Según algunos, desear “feliz navidad” es un acto de rebeldía en 2026 que sitúa a quien lo hace en la liga heroica de las primeras comunidades cristianas clandestinas. He visto estos días tarjetones compartidos en chats que clamaban “Felices fiestas NO” como un ecologista diría “Nucleares NO”. Uno de ellos: “Felices fiestas NO. El cristiano dice sin miedo y con alegría: Feliz navidad”. Otra: Sydney Sweeney, musa de la 'alt-right', vestida de mamanoel y deletreando f-e-l-i-z-n-a-v-i-d-ad. Otra: “Basta de felices fiestas. Esta no es una fiesta cualquiera”.

En parte tienen razón: la Navidad Comercial (la que pone a Papá Noel en el centro e incluye a elfos y renos) le ha comido gran parte de la tostada a la Navidad Cristiana (con Jesucristo, corona de adviento y estrella de Belén). Pero la reacción quizá sea algo desmesurada (y contradictoria, en días de paz) si deseas meterle una paliza a alguien que te desea felices fiestas (fórmula que no usurpa la navidad sino que la amplía: al fin y al cabo, comprende todos los fastos: del 24 al 6, por no remontarnos a las Saturnales romanas).

Obviamente, Feijóo ha intentado capitalizar el tema. En la cena de su partido, y en su mensaje en redes, afirmó que había que decir feliz navidad "sin pedir perdón y sin complejos”. También dijo que en este periodo “hay más luces que sombras”, acaso pensando en Vigo o en su propia cabeza: ese lugar donde las luces están encendidas, pero no hay nadie en casa. Hay que reconocerle su valentía, porque si se recrea en el Blanca navidad le sacarán antiguas fotografías con narcotraficantes.

La cuestión es que, desde 2021, resurge en estas fechas el bulo de que la Unión Europea prohibirá a sus ciudadanos decir “feliz navidad”. Y desde el año pasado circula otro que afirma que el Papa Francisco iba a reemplazar el concepto de Navidad por el de Fiesta de la Paz. Da igual que sea mentira, porque alguien dispuesto a enfadarse por el hecho de que los tapones que las botellas no sean extraíbles, que no regalen Kit-kats en los colegios públicos o que alguien le desee “felices fiestas” es alguien capaz de todo.

De hecho, todo esto se cuela en una de las películas del año: 'Una batalla tras otra', de Paul Thomas Anderson. La ficción, basada en una fascinante novela de Pynchon, plantea a un grupo de activistas de izquierda que combate los abusos cometidos en Estados Unidos contra los inmigrantes. Y retrata la existencia de una logia secreta de multimillonarios supremacistas blancos llamada… El club de los amantes de la Navidad. Esta organización racista con tan entrañable nombre (hasta se despiden con un “Heil, Nick!”, en honor a Hitler y a San Nicolás, precuela de Papá Noel) pretende acabar con todo lo que no sea blanco. El caso es que, a diferencia de lo de la UE o el Vaticano, lo suyo sí tiene base de realidad, en grupos de presión como el Bohemian Club. Así que al final va a ser verdad que el gran debate de este mundo imbécil no es la vivienda o el hambre, sino decir o no decir feliz navidad.

Por suerte, la escena vecinal acabó bien. Mi vecino, viendo que se estaba haciendo un lío con lo de feliz navidad o felices fiestas para saludar a su colega pakistaní, resolvió por la vía rápida con un “Pues nada, nos tomamos unas birras”. No sé si su colega bebe alcohol o no: solo sé que entraron juntos y sonriendo por el portal del bar chino. Una escena, si me preguntan, más navideña y entrañable que 'Els Pastorets'.

Suscríbete para seguir leyendo

TEMAS