El bosque de la Rodoreda
La exposición 'Rodoreda, un bosc', en el CCCB, valorada como una de las más destacadas del año por los expertos de EL PERIODICO, seguramente pide más de una visita

Una de la salas de la exposición 'Rodoreda, un bosc', sobre Mercè Rodoreda en el CCCB. / Ferran Nadeu
Tropiezo con un hombre que no para de tomar fotografías a los objetos, las cartelas, a los escritos y los paneles donde hay frases de la escritora, a las estatuas y los cuadros, a los restos vegetales. Estamos en el inicio de la exposición 'Rodoreda, un bosc', en el CCCB, comisariada por Neus Penalba. Lo hace con tanto alarde, con tanta dedicación, con entusiasmo tal, que parece exactamente como si pidiera al visitante que se interesara por aquella obsesión. De hecho, es él mismo quien empieza el diálogo: "Mejor que os lo toméis con calma", dice, "porque esta es una exposición que no se puede ver una sola vez; ya es la tercera vez que vengo, yo". Nos explica lo que, a su juicio, es el procedimiento adecuado para entrar en ella: dejarte llevar a través del recorrido que imita la estructura de un árbol, con las raíces, el tronco, las ramas y las hojas. Lo vuelvo a ver a menudo, en ese camino tortuoso y enigmático de la Rodoreda, y sigue con su afán compilador: fotos y más fotos. Me lo imagino en casa, solo, repasando los cientos de instantes que ha estado acumulando.
No tiene, en apariencia, un objetivo concreto. Me fijo y va de un lado a otro y fotografía de todo, como empujado por una especie de resorte ignoto. Ahora que pienso en ello, quizá sea la mejor manera de entrar en el universo de la Rodoreda. Esta exposición, que ha sido valorada como una de las más destacadas del año por los expertos de EL PERIODICO, seguramente pide más de una visita, pero, en todo caso, la primera reacción es casi primaria: simplemente dejarse llevar por la corriente poderosa de la escritora, entrar en la atmósfera inquietante que se endurece a medida que avanzas, que se solidifica, acompañado de una prosa que es a la vez dúctil y tenebrosa, evocadora y terrible. El bosque de la Rodoreda te acaba tragando, sin saber por qué, te aplasta por espeso y absorbente. Y ya no podrás salir nunca más de allí, como aquellas niñas perdidas que prefieren permanecer bajo la caricia de los castaños que volver a casa. Salgo exhausto. Y ese señor todavía saca fotos.
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