Saltar al contenido principalSaltar al pie de página
Opinión | Gárgolas
Por qué confiar en El Periódico Por qué confiar en El Periódico Por qué confiar en El Periódico

Contradecir la noche

La frontera del tiempo, la frontera que hacemos nuestra porque es necesario establecer los límites del territorio que habitamos, nos engaña con la idea de la novedad

Fuegos artificiales tras las campanadas en el Hotel W, la pasada Nochevieja.

Fuegos artificiales tras las campanadas en el Hotel W, la pasada Nochevieja. / HW

Los poetas y las canciones nos informan de dos formas saludables y sencillas de acabar el año y empezar uno nuevo. Dos lecciones humildes que sirven para archivar lo viejo y para afrontar la novedad. El próximo año está programado para pasar a la historia justo después de haber pasado un año. La novedad más destacada es que nos preparamos para que esto sea así. Por otra parte, la simple llegada del día primero genera en las mentes inquietas un vago deseo de renovación con la intención de acordar el calendario establecido con la propia dinámica individual, como si realmente pasar una hoja implicara cambios radicales. Hay quien piensa en reducir la altura de las montañas y hay quien calcula que podrá detener el mar. Es mucho mejor, en este sentido, regalar a alguien un par de libros y dedicarse con minuciosidad a escribir dedicatorias y, en todo caso, acabar tomando una copa en un café. La frontera del tiempo, la frontera que hacemos nuestra porque es necesario establecer los límites del territorio que habitamos, nos engaña con la idea de la novedad. Es mucho mejor adoptar las enseñanzas de las canciones y de los poetas. Una actitud discreta y sin demasiados fuegos artificiales.

Nos plantamos en el último día, sin embargo, con cierta necesidad de revisar lo vivido, para cerrar la carpeta y porque, así, vivimos en la ilusión de fingir que podemos borrar todo lo que ha pasado, como si no hubiera continuidad. También es un engaño, por supuesto. Los conflictos y las guerras (aquella “vulgaridad inmensa” que hace poco criticaba, chillando, Roberto Begnini) seguirán allí y se llevarán las mínimas porciones de humanidad que todavía conservamos. Y tampoco acabarán las escenas terribles de gente malviviendo en una nave o bajo un puente. Y no dejará de conformarse (es decir, de coger forma y fuerza) la imagen del fantasma que recorre el mundo, esa oleada indecente que no se puede analizar con los parámetros que hasta ahora hemos utilizado y que amenaza no solo la paz y la democracia, sino también la propia manera de habitar el planeta y de vivir en la Europa entumecida y dispersa, ofrecida a la voracidad de quien la quiere frágil y agrietada.

Nada cambiará en este año que empieza. O todo irá a peor, que es una manera bastante aseada de ver el futuro. Aún flota, sin embargo, ese optimismo de la voluntad de Gramsci. Es difícil asumirlo y, sin embargo, nos vemos impelidos a hacerlo. No como un deseo imposible (el de las montañas empequeñecidas, el del mar detenido), sino como una necesidad ineludible. Desde la intimidad de las alegrías domésticas hasta la lucha compartida por unos valores que todavía estamos a tiempo de traspasar a los hijos, a los nietos, a las nuevas generaciones.

El engaño del año nuevo incluye angustias, amores, traspasos y resurgimientos. De todo ello, dentro de un año habrá un resumen. Mientras tanto, el muro de la estupefacción y la inquietud tiene hoy una rendija: el deseo incierto, pero tangible, de bajar a la mina y compartir el ritual para contradecir la noche, para que la oscuridad, al menos hoy, se ilumine de repente.

Suscríbete para seguir leyendo