Opinión | Feliz año
La última
Cerramos el año Trump, sin duda él y poco más que sus acciones lo han marcado. Pero no solo por ser protagonista, que también, sino porque ha dejado de ser una anomalía

El presidente de EEUU, Donald Trump, el 19 de diciembre de 2025 / WILL OLIVER / EFE
¡Qué bendición una Navidad con tiempo invernal! El comentario no es válido para todas las latitudes, pero en las que frecuenta la que escribe llevábamos demasiados años con un día de Navidad soleado y con temperaturas que llegaban a los 25 grados a la hora del vermut. Este año han vuelto el frío y las precipitaciones, el retorno al sueño envolvente de la cueva, la familia y la lumbre, salvo para los que no tienen ninguna de las tres cosas. Un pensamiento para ellos. Y algo más, una acción para ellos, en 2026.
Cerramos el año Trump, sin duda él y poco más que sus acciones lo han marcado. Pero no solo por ser protagonista, que también, sino porque ha dejado de ser una anomalía. Trump ha dejado de escandalizar a mucha gente, su excentricidad se vuelve doctrina. El 2025, su año, ha consolidado una manera de hacer política que no quiere excusarse ni cuando pierde toda la humanidad. Su ausencia ha dejado de ser un efecto colateral para convertirse en una forma de gobierno. ¿Qué efectos tiene en nosotros cuando algo así se normaliza?
Pero sin duda para mí la noticia del año es el gran apagón, el 28 de abril, el día que estuvimos desconectados. Se apagó la luz, el ordenador y poco después la señal del móvil. Ni un poco de Trump nos llegó, y duró lo justo –unas diez horas– para que quedara en solo una anécdota y no hubiera los altercados imaginables si hubiese llegado a las 24 horas o más; lo justo para recordarnos cómo era la vida hace no tantos años. El silencio digital nos volvió a hacer dependientes, más colectivo y menos individuo. De hecho creo que le vimos las esquinas a esta libertad individual total que parece que nos da vivir permanentemente conectados. Sin tecnología ni cobertura continuamos siendo solo personas que necesitan personas.
¿Y ahora qué? Creo que es algo generacional, esta sensación mía de que todo se va al garete, así que voy a intentar ser optimista. Con poco bastaría. Dicen que el dinero no da la felicidad pero ayuda, y estamos yendo justo en la dirección contraria. Cada vez más pobres y más enfadados. Por empezar por algún sitio, empezaría por ahí en lo más cotidiano. Y paz, claro. Pero por si acaso no pasa (hace solo dos frases he dicho que intentaría ser optimista) querámonos, queridos lectores. Y feliz año.
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