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Opinión | La Calle Nueva
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Es Serrat el cantar…

Este hombre que es poesía en movimiento, cuya voz genera la poesía de una tierra a la que avivó su melodía, cumple mañana 82 años

Joan Manuel Serrat, en su concierto de despedida.

Joan Manuel Serrat, en su concierto de despedida. / Reuters

Salía de la isla de Tenerife camino de México y ya se sabía que en ese trayecto iba a estar el tiempo que fuera porque la autoridad de este país, la de Franco, por decirlo rápido, no lo dejaba cantar con nosotros.

Dos periodistas, Elfidio Alonso, que ya era el creador de Los Sabandeños, y el que suscribe, acudimos al Hotel Brujas de Santa Cruz, en el que iba a hospedarse antes de ese viaje a donde sonaba Chavela Vargas. Se iba Serrat, se quedaba la canción, se quedaban Miguel Hernández, Mario Benedetti, Antonio Machado, se quedaba 'Mediterráneo', se quedaban 'Aquellas pequeñas cosas', se quedaba el espíritu de Serrat cantando aquí y a lo lejos, en todas partes iba a seguir su canción al mar («mi mar, mi dulce mar») y se quedaban los aires de su aspiración principal, la alegría de seguir cantando, también para el país que lo desalojaba, donde miles y miles no solo se sabían sus canciones sino que, sobre todo, sabían lo que iban diciendo.

Era el país de Raimon y de Serrat, de Víctor Manuel y de Ana Belén, de Sabina, de Luis Eduardo Aute, era el país que ya cantaba lo que le daba la gana, por encima y más allá del desastre que ya se movía sin porvenir, con el turbio pasado, tan duro, tan triste, el país que ganó la guerra y que, en aquel instante, por ejemplo, expulsaba de su país («es mi mar, mi dulce mar») al Noi del Poble-sec.

Años después Serrat le dijo adiós a su país de canciones, y lo dijo de esta manera: «Todo lo que veremos es futuro». Jamás explicó su despedida como un adiós, su 'Cançó de bressol' seguiría siendo cantada en las calles y en las plazas y, exactamente, en el futuro… El futuro es su música, lo sigue siendo, a cualquier hora en que suena su voz en las radios, en las grabaciones de la televisión, en los reencuentros que muy de tarde en tarde comparte con sus amigos o con aquellos que lo llaman para romper un poco su adiós (¿adiós?).

Lo dijo de muchas maneras, una de las cuales es esta ironía que también puede decirse canción, una canción chiquita, tan mediterránea: «Yo me jubilo. Simplemente me desplazo». Su más reciente desplazamiento, a México, aquella tierra de acogida que también acogió al exilio general de este país cuando se expulsó de aquí hasta el aire de la República, llenó de sustancia su alegría.

Fue agasajado de mil maneras, en todas partes, como si él fuera el libro que su país (Catalunya, España, Tenerife, Sevilla, Valencia, cualquier sitio es su país y el de sus canciones, Machado es su país) le mandaba al lugar de acogida en la voz de Joan Manuel Serrat.

Cantó hablando, su emblema fue, aquí, allí, en todas partes, un verso que suena a Miguel Hernández, «me voy pero me quedo». Una vez los vi llorando a él y a Marsé cuando ambos despedían a otro que fue a México en busca de periodismo, Manuel Vázquez Montalbán, despedido tan temprano de la vida y de todo lo que hizo. Aquellos dos representantes de la cultura de los años 60, y de más tarde, sabían que estaban ante uno de sus grandes amigos, y también de los que mejor habían entendido este país, y también América, por cierto.

A Serrat tardaron en darle (fue en 2006, en la Complutense) el primer doctorado 'honoris causa' que merecían su voz y sus canciones. Este hombre que es poesía en movimiento, cuya voz genera la poesía de una tierra a la que avivó su melodía, cumple mañana 82 años. De la música dijo que se estaban yendo desde 2022. Qué va. Seguirá siendo la música, Serrat seguirá cantando hasta que quieran su voz y su alegría.

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