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Opinión | Contratiempos
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Partituras en el suelo

Hay confiar siempre en la belleza. Cuando comparece, lo eleva todo

Una persona toca un piano Schimmel en Hanover.

Una persona toca un piano Schimmel en Hanover.

Hace un par de semanas, el hijo de una amiga, que cursa segundo de bachillerato y estudia piano, se presentó al concurso de solistas del conservatorio superior de música, cuyo premio sería tocar con su orquesta. Se había presentado también el año anterior. Entonces seleccionaban a dos, y él quedó tercero. Esta vez sus padres le recomendaron que no se presentase, por lo que suponía de descomunal esfuerzo hacerlo, ya que tendría que preparar una pieza musical para orquesta de una hora. Y nunca, en lo últimos diez años, se había impuesto un pianista. Pero el muchacho, por amor a lo que hace, y empujado por las fuerzas de la obstinación que ese amor desaforado pone en juego siempre, se presentó.

Su madre reorganizó su agenda para ir a verlo. Estaba sola en la sala de la cámara, si no se contaban a los miembros del jurado. El chico empezó a tocar, acompañado por su profesora en otro piano. Llevaban cuatro minutos cuando a ella le cayeron las partituras al suelo. Interrumpieron la audición. «Juan, fue… se cortaba el aire», me resumió mi amiga la escena al día siguiente. La profesora las recogió y las ordenó. Cuando preguntaron al jurado si podían empezar desde el principio, les dijeron que no. Tendrían que retomarlo en el punto en que la composición se interrumpió. Es siempre un espectáculo asistir a cómo una persona, después de un contratiempo, se rehace, pasando de ceniza a pájaro. «No sé cómo explicar el milagro de ver a una persona hacer algo con pasión», dijo mi amiga.

Fue impresionante, en primer lugar, ver a su hijo ayudar a recoger las partituras a la profesora y decirle que no pasaba nada. Ella quería que la tragase la tierra y él solo quitarle importancia al infortunio. Cómo remontaron y tocaron pese a todo hasta el final dejó en el aire la segunda conmoción. Al acabar, entró la siguiente aspirante y ellos salieron de la sala. El hijo de mi amiga se volcó en animar a su mentora. No quería verla disgustada. Sabía que ella se sentía responsable. No importaba concurso, le dijo. Nunca había importado, lo realmente bonito había sido todo el tiempo que habían pasado juntos tocando y preparando la pieza.

La mañana se contagió inevitablemente del tono sombrío y enojoso que dejan las cosas que no salen como se espera. Mi amiga propuso a su hijo ir a tomar algo para animarlo, pero él rehusó para dirigirse al instituto, del que se había ausentado para acudir al conservatorio. Lo acompañó, buscando a cada momento las frases que lo ayudasen a despreocuparse por lo que estaría sintiendo su profesora. «Tú le viste la cara», le dijo a su madre. Era la de una persona que sufría.

Se acabó el día y empezó otro. Siempre es así. Las personas se caen y se levantan, a menudo mientras duermen. A media mañana, mi amiga me puso un audio. «Acabamos de recibir un mensaje de la profesora de que ganó el concurso. Ganó. Ganó. Jo. Es increíble, Juan. Quería compartirlo contigo. En realidad, quería compartir contigo cómo tocó. Y no el drama. Pero el drama se convirtió en protagonista. Y después el drama dio paso a esto». Supongo que hay confiar siempre en la belleza. Cuando comparece, lo eleva todo.

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