Saltar al contenido principalSaltar al pie de página
Opinión | Civismo
Por qué confiar en El Periódico Por qué confiar en El Periódico Por qué confiar en El Periódico

La calle es de todos

En estos días de Navidad, paseemos por la calle bajo las luces de las fiestas navideñas y hagámosla nuestra, de todos, pensando que los demás también tienen el derecho y la ilusión de vivirla

Imagen 'render' de cómo deberá ser la calle Astorga de Reus tras su transformación.

Imagen 'render' de cómo deberá ser la calle Astorga de Reus tras su transformación. / Ayuntamiento de Reus

En estos días del 50 aniversario de la muerte de Franco, se están revisando los hechos que permitieron la gran transformación del país. Y quizá sea un buen momento para revisar un gran cambio que están sufriendo nuestras calles: estamos pasando de aquel conocido “la calle es mía”, que el régimen hizo suyo a través de la figura del entonces ministro Manuel Fraga, a la afirmación frecuente de que “estoy en la calle y la calle es de todos”, que, aunque parte de una formulación totalmente opuesta, esconde un trasfondo similar.

Me explico a través de dos anécdotas recientes: caminando el otro día por una calle silenciosa del centro de la ciudad, mientras hablaba por teléfono, me adelantó una joven gritando mientras llevaba el teléfono delante de la boca. En ese gesto ya habitual de quien habla con alguien que está en la pantalla y que, quizá porque está muy lejos y uno tiene la sensación de que debe elevar el tono de voz, acaba teniendo una conversación compartida con todos los demás. Es incómodo cuando sucede en el metro, en el tren o en el autobús, porque te da vergüenza romper la intimidad de los otros, que no tienen ningún pudor en compartirla de forma ostensible y con un tono de voz elevado. Le dije a mi interlocutor por teléfono: “Perdona, dame un segundo, que ahora no te oigo bien, porque hay una persona que grita mucho”... y la chica que me estaba adelantando se ofendió y me soltó un “¡estoy en la calle!”.

La misma respuesta —con un tono muy distinto— que hace unas semanas me dio, en una conversación muy amable que tuvimos delante del portal de mi casa, un señor que cada día a la misma hora pasea a su perro, al que le gusta defecar justo delante de nuestra puerta. Le pedí muy amablemente, cuando ya era la cuarta vez que lo veía limpiar el suelo de delante de la puerta: “¿No podría hacer sus necesidades en otro lugar que no sea delante de la puerta de casa?”. Después de mirarme con una expresión de circunstancias y como si no tuviera él ninguna culpa, levantó los ojos al cielo y quiso razonar que estábamos en la calle, que es de todos.

La reflexión que no deja de rondarme por la cabeza es la distinta valoración que tengo de esta visión que se va imponiendo: el hecho de que la calle sea de todos no debería querer decir que todos podamos hacer en ella lo que nos dé la gana. Más bien al contrario. En casa, uno hace lo que quiere. En la calle, haces lo que permite a los demás convivir en el mismo espacio, en la misma calle; en la calle, prevalece el valor convivencial, mientras que en casa te beneficias de tu espacio, que es tuyo, con tus normas y tus deseos. Puedes hablar por teléfono con un tono de voz muy alto y escuchar música, o incluso dejar suelto al perro.

¿Y por qué me atrevo a poner de manifiesto que aquellas dos formulaciones responden a un mismo punto de partida?, puede preguntarse el estimado lector: ambas ignoran que la calle es un bien común, de todos. Tanto aquella idea franquista de que “la calle es mía” como la actual de que “la calle es de todos y hago en ella lo que quiero” ignoran que la calle es un bien común, de todos. Pasear por ella impidiendo que los demás puedan hacerlo a su gusto es ignorar que es un bien común. Imponer una conversación telefónica a gritos en una calle silenciosa es ignorar que la calle es un bien común. No tener en consideración que las personas mayores caminan más despacio que los jóvenes es ignorar que la calle es un bien común.

En este momento se están llevando a cabo campañas que promueven el civismo en nuestros pueblos y ciudades, lo cual se valora positivamente. Y recordar que el pueblo o la calle es de todos nos ayuda a tomar conciencia de que, en una sociedad polarizada como la nuestra, que la calle sea de todos debemos interpretarlo también como que es de los otros, del resto de la gente. Y en ningún caso, precisamente porque la polarización nos lleva a pensar que uno mismo siempre tiene razón, quiere decir que en la calle se pueda hacer todo lo que a uno le apetezca.

Ahora que se cumplen estos 50 años desde la muerte del dictador, esto me lleva a poner de relieve la libertad recuperada para hacer nuestras las calles… y, al mismo tiempo, el riesgo de perderla cuando se olvidan las cargas que impone el bien común para que sea realmente de todos.

En estos días de Navidad, paseemos por la calle bajo las luces de las fiestas navideñas y hagámosla nuestra, de todos, pensando que los demás también tienen el derecho y la ilusión de vivirla. Respetemos su momento. ¡Precisamente porque la calle también es suya!

Suscríbete para seguir leyendo