Opinión | Marc@ Royo
La lotería invisible del 2025
La suerte es de quien la busca. Pero no con un décimo en la mano, sino con actitud, constancia y una manera de hacer que, con o sin premio, acaba dando frutos

Arranca el Sorteo de la Lotería de Navidad
El 22 de diciembre el país se detiene. La radio suena de fondo, los números se cantan, los bares se llenan antes de hora y los grupos de WhatsApp hierven. Es el día en que miramos si, esta vez sí, la suerte ha decidido pasar por casa.
A la mayoría no nos toca nunca nada. O eso es lo que parece. Porque hay otra lotería que no sale en los informativos. No se canta con niños ni se celebra con cava. No tiene décimos ni comprobantes. Pero es la que acaba determinando cómo cerramos el año y cómo entramos en el siguiente.
Es la lotería invisible. La que tiene que ver con todo lo que hemos ido construyendo, día tras día, intentando no hacer demasiado ruido.
2025 no ha sido un año de grandes golpes de fortuna. Pero sí ha sido un año de decisiones. De decir sí cuando tocaba. De decir no cuando ya no se podía hacer más. Un año de aprender a poner límites, de ordenar prioridades, de hacer menos pero con más sentido.
A algunos, este año quizá no nos tocará dinero, pero ya nos ha tocado criterio. O claridad. O dirección. O ritmo. Y eso, aunque no se pueda ingresar en el banco, pesa mucho más de lo que parece.
Quizá por eso últimamente la suerte nos interesa tanto. Porque vivimos cansados. Cansados del ruido, de la crispación permanente, de la política convertida en espectáculo y de la sensación, demasiado extendida, de que casi nada (o casi todo, según cómo se mire) depende de nosotros. Ante este panorama, el bombo parece una salida rápida: aleatoria, injusta, pero limpia. Una promesa simple en medio de un contexto complicado.
Pero la realidad es otra. Y es menos épica, sí, pero mucho más transformadora. Porque, más allá del sorteo, vivimos obsesionados con la suerte: con el número correcto, el momento exacto, la bola que cae del bombo y nos arregla la vida. Vivimos pendientes del like, de la notificación, de esa pequeña dosis de dopamina que nos hace creer, por un instante, que todo encaja.
Y, sin embargo, la mayor parte de lo que nos pasa, y de lo que acaba saliéndonos bien, no depende ni del bombo ni del algoritmo. Depende de todo aquello que no sale en la televisión el 22 de diciembre: la constancia, la coherencia, la forma en que hacemos las cosas cuando nadie mira y no hay cámaras.
Depende de las decisiones pequeñas y repetidas, del oficio hecho con cuidado, de no fallar cuando se nos necesita. Depende, en definitiva, de la huella que vamos dejando por el camino. Esa huella que hace que nos vuelvan a llamar, que confíen en nosotros o que nos recomienden sin que lo pidamos.
Porque sí, amigos lectores, recordad aquella frase tan repetida, y también tan mía: la suerte es de quien la busca. Pero no con un décimo en la mano, sino con actitud, constancia y una manera de hacer que, con o sin premio, acaba dando frutos.
En 2025 también ha habido marcas que no han ganado por sorpresa, sino por constancia. Marcas que no han dependido de un golpe de suerte, sino de años de decisiones bien tomadas. Os pondré tres ejemplos de casa.
El Barça ha vuelto a confiar en la cantera en un momento en el que habría sido fácil buscar soluciones rápidas fuera de casa, a golpe de talonario. Ha asumido riesgos, ha apostado por identidad y ha recordado que una marca fuerte no siempre ficha, sino que forma.
Casa Amella, de Manresa, ha seguido defendiendo una manera de hacer coherente, sin prisas ni estridencias, demostrando que no hace falta ser un gigante para generar confianza. Cuando el relato es honesto y sostenido en el tiempo, la credibilidad llega sola.
Freshly Cosmetics, de Reus, ha sabido crecer sin traicionar su relato inicial, entendiendo que madurar como marca también implica sostener los valores cuando ya no son novedad. Y que crecer no siempre significa cambiar.
No ha sido suerte. Ha sido criterio. Y no encontrado, sino buscado.
La marca no es (o no es solo) un logotipo ni un eslogan. Es el rastro que queda después de un año entero (o de muchos años enteros) lleno de pequeñas decisiones. Es lo que los demás pueden esperar de nosotros. Es aquello que se consolida cuando no hay premios inmediatos.
Este 2025 nos ha tocado continuar. Nos ha tocado insistir. Nos ha tocado entender que no todo llega rápido, pero que casi todo acaba llegando si las cosas se hacen con sentido y sensatez.
Puede que no haya sido un año de aplausos, pero ha sido un año de cimientos. Y eso nunca sale en los titulares, pero sostiene todo lo que vendrá después.
El 22 de diciembre miramos qué nos ha tocado. Comprobamos números. Aceptamos la suerte de la lotería, o la falta de suerte, pero casi nunca la desgracia, con mayor o menor filosofía.
Pero quizá el balance real no es ese. Quizá la verdadera lotería de 2025 es lo que somos hoy gracias a todo lo que hemos ido sembrando. Aunque no haya sido fácil. Aunque no haya sido tan visible.
Dentro de unos días volveremos a mirar hacia delante. A comer las uvas y a colocar los zapatos en su sitio. Y entenderemos que, más allá de la suerte, hay algo mucho más poderoso: todo aquello que depende de nosotros.
Os espero el 5 de enero. Mientras tanto, os deseo una muy feliz Navidad, con mucha suerte, pero de la que se busca.
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