Cristales rotos en Extremadura
Los que acudieron al último debate de la campaña electoral se enfrentaron con la fe demediada, como si la suerte ya estuviera echada

Debate electoral del 21D en RTVE entre Miguel Ángel Gallardo (PSOE), Óscar Fernández Calle (Vox) e Irene de Miguel (Unidas por Extremadura). / RTVE
De pronto ya solo hay insulto, y de mala calaña. Lo administran quienes esperan, por otra parte, tener la razón en sus diatribas contra los que están disponibles también para insultar. Lamentable situación en la que unos y otros hablan, ante la televisión, como si no los estuviera viendo nadie. Una situación de extrema pobreza en un mundo que parece hecho de cristales rotos.
Son los buenos y los malos, están disponibles unos y otros para acabar con los que tienen enfrente. Se diría que no son capaces, ni unos ni otros, de perder la razón en favor de los que quizá la tengan. Es una situación de pobreza extrema, en la que los contrincantes parecen sentirse cómodos, como si estuvieran rompiendo la baraja para que no haya más barajas que dar. El insulto en manos de unos, el estupor en la cara de los otros, la nada hecha pedazos en el plató medio vacío.
Ocurrió en la última discusión que hubo en Extremadura, en torno al final de la campaña electoral que dirime allí el porvenir de la región. No acudió la presidenta actual, como si estuviera de compras en Madrid, pero ella estuvo presente todo el tiempo, precisamente por no haber acudido. Y perdió la contienda, como si fuera educada para esconderse.
Los que acudieron, el representante socialista, el que habla por Vox y la única mujer, la que representa a la izquierda más pura, que por otra parte parecía la única capaz de explicar lo que siente acerca del futuro de su tierra, se enfrentaron con la fe demediada, como si la suerte ya estuviera echada. Era penoso todo, y yo seguí mirando la televisión como si aquello estuviera hecho para explicar que España se hunde también por Extremadura. Una pena que la gente no se quiera ni debatiendo.
El debate tuvo efecto ante Televisión Española, cuyo representante, Xavier Fortes, hizo todo lo posible para darle a la sesión el aire inglés que debieran requerir este tipo de encuentros. Luego Fortes habló ante sus propios colegas periodistas de la emisora sobre sus impresiones acerca de lo que allí había ocurrido. Como es de buen talante y quería subrayar lo que sentía que había sido aquel guirigay, Fortes aludió a lo que había ocurrido como si hubiera estado ante una discusión británica en tierra extremeña.
La verdad es que el colega estuvo, todo el tiempo, templando lo que no se podía escuchar sino tapándose la nariz. Con la excepción de la mujer que había en el debate, mejor que nadie en la noche. Había un representante de Vox que quería ver entre rejas, lo dijo más de siete veces, lo fui contando, al más triste de la noche, el representante del Partido Socialista, que por otra parte hizo de nazareno sin alegría, expuesto al degüello desde que empezó la diatriba.
Quería irse de allí, dejar sola a la representante más entera de la izquierda, pero ahí se mantuvo él con la sonrisa sin ganas del perdedor. Luego se fue y no hubo nada. Muerto antes de salir a escena, ese hombre, el perdedor, no tiene otro remedio que rendirse porque ha sido colocado ahí para ser destinado a la lona, y usó la parte de dentro de la risa (la que no se puede escuchar) para ridiculizar a su contrincante. Pero este, que es burlón de fábrica, se salió por peteneras e hizo mofa insistente de las aspiraciones de su enemigo. Al que mandaría esta misma noche al patíbulo.
En efecto, lo mandó a la cárcel mil veces, y el socialista se fue achicando incluso cuando se dirigía a la más lúcida de la noche, la mujer de izquierdas que sí tenía la risa en su sitio y con buenas razones. No hubo tregua para el perdedor, que fue vencido una y otra vez, como si purgara una culpa a la que lo han llevado el azar y la necesidad de su partido.
Uno se pregunta qué guía al partido socialista a hacer de este hombre un aspirante a nada cuando en realidad ha perdido desde que empezó la carrera. Y, en cuanto a estos desatinos, cabía preguntarse también qué hacía el representante de Vox cuyo destino en la vida es derivar hasta recibir una cartera casi ministerial que le está preparando la ausente. Vox ya gana aunque no esté.
La más nombrada de la noche fue la que no estaba. Es a la que el presidente del PP presenta para que dirija otra vez el Gobierno extremeño con mimbres que ella no quiso exhibir cuando fue candidata por primera vez. Ha querido, esta mujer que no estuvo, ser la ganadora total, y ahora mendiga, como su jefe, regresar a lo que una vez ya tuvo: Vox en el Gobierno. De pronto, sin hacer nada Vox lo tiene todo. A su representante le encantaría ser el carcelero del perdedor.
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