Opinión | Ciudad programada
¡Roma, coja su turno!
Cuando incluso la belleza necesita reserva previa

Una imagen de la la Fontana di Trevi. / EFE
Para ver la Fontana di Trevi habrá que comprar entrada anticipada. Reservar día y hora para lanzar una moneda, pedir un deseo y hacer la foto que certifique que has estado allí. Y "vayan saliendo", porque tienen que entrar los de detrás: la máquina no puede parar. No es una noticia menor, aunque pueda parecer anecdótica porque desde hace años visitar la Fontana di Trevi es un agobio. Es un pequeño gesto administrativo que certifica el paso definitivo del símbolo vivo al producto regulado.
En Roma hace siglos que no circulan vespas despreocupadas por calles estrechas. Aquellas escenas icónicas de La dolce vita o Vacaciones en Roma, con los protagonistas viviendo la ciudad como si fuera suya, son una fantasía, sencillamente imposibles. Las aglomeraciones expulsaron hace años cualquier idea de ligereza. Roma ya era un escaparate, si somos honestos. Un escenario monumental en el que el visitante mira y pasa, mira y pasa. Pero cobrar entrada para cruzar una calle es admitir que ya ni siquiera se intenta mantener la ficción de que, paseando tranquilamente por la ciudad, puedas tropezar casualmente con la belleza.
La gracia de la Fontana es precisamente esa: que no es un museo cerrado, sino una pieza incrustada en la vida urbana, una fuente pública convertida en mito. El ritual de la moneda —no sé quién se lo inventó— empezó a estropear la experiencia. Volverás a Roma, dicen. Pero ya no iremos a la Fontana. Ya paseamos por esas calles; ahora la esquivaremos, no haremos cola. Renunciaremos a ella, la tenemos en la memoria.
Se entienden los argumentos de la decisión. La masificación turística, la conservación del patrimonio, la necesidad de poner límites. Roma se ahoga bajo su propio éxito porque somos ya rebaños a los que acotar el espacio. Pero también es legítimo preguntarse qué dejamos por el camino. Cuando para todo tienes un turno asignado, ¿qué queda de la experiencia espontánea? ¿Qué queda de la ciudad como espacio compartido?
Roma me encanta. Siempre he pensado que, si tuviera que elegir otra ciudad en la que vivir, sería Roma: una Roma idealizada que no existe y en la que los romanos me mirarían con curiosidad. En ese capítulo fantasioso entra ahora la Fontana di Trevi. No porque haya que pagar, sino porque confirma la renuncia a la ilusión de que los símbolos sigan siendo espacios vivos, con los que tengas la sensación de fundirte de manera natural. Algo esencial se desplaza.
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