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Opinión | Análisis
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Aranceles: competir por precio o por valor

Los aranceles no son un golpe estructural, pero sí una prueba de resiliencia

Depósito de contenedores en el puerto de Barcelona.

Depósito de contenedores en el puerto de Barcelona. / ÁLVARO MONGE

Los aranceles impulsados por Donald Trump nos recuerdan que, en economía, ante cualquier cambio, suele haber ganadores y perdedores. Los efectos dependen del sector, del grado de dependencia del mercado estadounidense y, sobre todo, de cómo compite cada empresa. Estados Unidos es el sexto mercado de exportación de Catalunya: 3.161 empresas venden de forma regular y el volumen de exportaciones es de 4.351 millones de euros anuales (según datos de 2024 de Acció). Según la Càmara de Comerç, el impacto potencial de los aranceles podría alcanzar los 1.055 millones de euros, cerca del 0,3% del PIB. En su conjunto, el efecto es asumible, pero una parte importante de las exportaciones se concentra en pocos productos (agroalimentario, química, cosmética). Esto explica por qué muchas empresas apenas notan los aranceles, mientras que otras sufren el impacto de lleno, incluidas empresas que no exportan directamente pero forman parte de cadenas de valor europeas. Los más perjudicados suelen ser modelos basados en una competencia centrada en el precio. En estos casos, un arancel del 10% o del 15% puede dejar rápidamente el producto fuera de mercado si el cliente encuentra alternativas más baratas. Este riesgo es especialmente visible en algunos segmentos agroalimentarios e industriales.

Pero el mapa no es homogéneo. Hay empresas catalanas que resisten mejor porque compiten por valor. Son empresas con tecnología propia, capacidad de innovación o servicios difíciles de replicar, donde el arancel encarece el producto pero no elimina la demanda. Es el caso de empresas como Metalquimia. Gracias a una apuesta sostenida por la creativación –la combinación de creatividad e innovación– ha desarrollado maquinaria altamente especializada para la industria cárnica. En algunos nichos, sus equipos son líderes mundiales. El cliente no compra una máquina, sino una solución que mejora procesos, calidad y eficiencia, lo que hace que el arancel no sea determinante a la hora de cambiar de proveedor. En este contexto también aparecen ganadores indirectos: empresas catalanas con producción o presencia en EEUU, con capacidad de adaptar rápidamente su oferta y una estructura internacional que les permite aprovechar cambios de demanda y reducir la competencia externa. No es un beneficio directo de los aranceles, sino una consecuencia de saber adaptarse mejor.

Aunque la incertidumbre aumenta y, según encuestas de Pimec, presiona costes y márgenes, también fuerza a repensar estrategias, con Acció como soporte clave para ayudar a las empresas catalanas a adaptarse a los aranceles y reforzar su presencia en EEUU.

La conclusión es clara: los aranceles no son un golpe estructural, pero sí una prueba de resiliencia. Penalizan competir solo en precio y refuerzan el valor de la innovación, adaptación y diferenciación. En un entorno más incierto, las empresas catalanas que apuestan por el valor no solo resisten mejor, sino que a menudo acaban saliendo más fuertes.


Oriol Amat es economista. Catedrático de la UPF BSM

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