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Trump promueve una democracia devaluada

El recién elegido presidente de Chile, José Antonio Kast, saluda a su salida de la Casa Rosada, donde se entrevistó con Javier Milei.. / JUAN IGNACIO RONCORONI / EFE
A Jodie Foster le preocupa la fragilidad de la generación de sus hijos. “No tienen ni idea de lo hermosa que era la vida antes de todo esto -se lamenta la actriz en El País Semanal-. Viven atrapados en una especie de espejo infinito, convencidos de que existir es verse reflejados en él”. ¿Qué es todo esto? Es la abrupta transformación de la sociedad estadounidense con la irrupción de Donald Trump y su corte de milmillonarios y promotores de una democracia demediada, devaluada, donde lo único que importa es la rentabilidad de un capitalismo depredador y sin compromisos sociales. ¿Qué es todo esto? Es esa sensación insuperable de que el proyecto en marcha pretende liquidar las grandes convenciones y sustituirlas por otras menos regladas, puestas al servicio de un poder económico y político -valga la redundancia- sin límites. ¿Qué es todo esto? La zafiedad que caracteriza los mensajes que difunde la Casa Blanca, ese recurso a un lenguaje infantil y primario que encubre el alcance de decisiones destinadas a romper el equilibrio necesario para vivir en un mundo previsible que garantice certidumbres esenciales.
No es el estado de ánimo transmitido por Jodie Foster, y cada vez más compartido en Occidente por mentes preocupadas, una aplicación renovada de la vieja idea según la cual cualquier tiempo pasado fue mejor. Es, en cambio, resultado de la carrera alocada de la extrema derecha hacia una degradación del legado democrático trabajosamente construido a partir del final de la Segunda Guerra Mundial; es la pretensión de que reine en todas partes un nacionalismo excluyente y agresivo con el diferente, con los más vulnerables -así el alcalde García Albiol en Badalona-, víctimas de un reparto de rentas más asimétrico a cada día que pasa. Como ha explicado por activa y por pasiva el economista francés Thomas Piketty, opera en todo ello un mecanismo de aislamiento, la construcción de un muro que proteja la prosperidad y abandone a su suerte a los que han quedado excluidos de ella.
Declara el músico Víctor Manuel en EL PERIÓDICO: “Yo quiero estar polarizado. Yo quiero estar enfrente de Abascal. El arte no es neutral, destila ideología. Jorge Ilegal decía que, si eres honesto, tienes que estar peleando con alguien. Es ley de vida”. Luego aparece a caballo el líder de Vox en mitad de la campaña electoral de Extremadura y sí, se diría que hay en la imagen una agresividad sobrevenida, de Santiago y cierra España o de Francisco Pizarro en su estatua ecuestre de Trujillo. No hay forma de deslindar la exhibición equina de Abascal de sus opiniones más exaltadas (hundir el barco de Open Arms, una de ellas); no hay mecanismo capaz de suavizar el filo de las aristas más cortantes del neofranquismo, de esa venenosa proliferación en las redes de mensajes que presentan la dictadura como el mejor de los mundos -o poco menos-; no hay forma de dar por amortizadas las manifestaciones en la calle Ferraz frente a la sede del PSOE.
También eso forma parte del todo esto de Jodie Foster. Igual que la victoria en Chile de José Antonio Kast, un pinochetista declarado en las anteriores elecciones que en estas ha preferido no referirse al golpista de 1973, al inductor de la caravana de la muerte, al militar que llenó de cadáveres el estadio Nacional de Santiago de Chile. También es constitutiva de todo esto la motosierra de Javier Milei, rescatado de la ruina absoluta por Donald Trump para que ganara las últimas elecciones; lo es asimismo la facción que cree que la única medicina contra los flujos migratorios es blindar las fronteras y mandar a las víctimas de la historia a una cárcel salvadoreña o almacenarlas más allá de los límites de la Unión Europea. “El horror, el horror”, susurra el coronel Kurtz en El corazón de las tinieblas, un horror que es el precipitado último de la deshumanización de las sociedades sometidas al colonialismo, cuyas consecuencias son hoy perceptibles con trágica frecuencia en el llamado Sur Global.
A partir de algo tan presente y determinante como el desarrollo acelerado de la inteligencia artificial, el profesor Daniel Innerarity se pregunta qué clase de voluntad popular genera el último instrumento surgido de la revolución tecnológica en curso. Porque no hay forma de deslindar el cambio de las grandes corrientes de opinión de las referencias de todas clases que proporcionan las máquinas, alimentadas con algoritmos específicos, en absoluto neutros o fruto de una inexistente objetividad, y cuya influencia creciente reclama la formulación de un pacto social entre el género humano y tales máquinas, sometidas a un control democrático. El enfoque de Innerarity no es un argumento propio de la ciencia ficción, sino que transita por el mismo territorio que Shoshana Zuboff, de la Universidad de Harvard, en La era del capitalismo de vigilancia, que alumbra la necesidad de rescatar la inteligencia artificial de las manos de los oligarcas de las tecnofinanzas -Elon Musk y compañía- para preservar en ella la cultura y los valores democráticos.
En su monumental Capital e ideología, Thomas Piketty señala: “A diferencia de la lucha de clases, la lucha de las ideologías descansa sobre el intercambio de conocimientos y de experiencias, el respeto del otro, la deliberación y la democracia”. En el proyecto de la extrema derecha y de quienes aceptan colaborar con ella, aunque disientan en asuntos fundamentales -al menos en el plano teórico-, no cabe dar con un punto de encuentro porque no admiten ni la deliberación ni la democracia, aunque se presenten como la última trinchera en defensa de la libertad de expresión y de los valores democráticos. Hoy es inconcebible esperar de algún integrante del Gobierno de Estados Unidos, del de Italia, del de Hungría, del de Argentina, del de Rusia y de tantos otros un discurso siquiera parecido al pronunciado por el senador Barack Obama en Berlín el 24 de julio de 2008: “Mientras hablamos, hay coches en Boston y fábricas en Pekín que están fundiendo el casquete glaciar del Ártico, haciendo retroceder el litoral en el Atlántico y castigando con la sequía explotaciones agrícolas desde Kansas [donde nació su madre] hasta Kenya [donde nació su padre]”. Porque cuanto se cruza hoy en el camino de los predicadores iliberales es combatido por ellos como algo indefendible y retardatario, algo malo para los negocios, como ha dicho Donald Trump en más de una ocasión. Se trata de un negacionismo de las urgencias inaplazables intrínseco al desafío del presidente y de sus poderosos acompañantes.
Felices fiestas a pesar de todo esto.
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