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Opinión | Donald Trump
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La moda de disparar a los muertos

El presidente de EEUU es la encarnación sin condimentos de los peores males del mundo, algo así como un avatar tragicómico y grotesco de las pulsiones más bajas de nuestro siglo

El presidente de EEUU indigna al atribuir el asesinato de Reiner a su “obsesión furiosa contra Trump”

La Fiscalía de Los Ángeles considera la pena de muerte para el hijo de Rob Reiner por doble asesinato

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump / Europa Press/Contacto/Bonnie Cash - Pool via CNP

En el madrileño cementerio de Santa María, se puede leer uno de los mejores chistes jamás escritos sobre la muerte: “Si queréis los máximos elogios, moríos”, reza el epitafio en la tumba de Enrique Jardiel Poncela.

El escritor falleció en 1952, así que se puede decir que eran otros tiempos. Seguramente menos polarizados, ya que solo había un polo (el régimen franquista) y el resto eran limaduras rebeldes. Aun así, la ocurrencia de Jardiel es el reflejo de un consenso, un barniz de civilización entre tanta barbarie, que se podía mantener incluso entonces: la gente no se pone a hablar mal del finado con el cadáver aún caliente. Es de mal gusto, como comerte los últimos tres calamares de una ración o robarle el asiento en el bus a una embarazada.

Sin embargo, parece que eso ha quedado atrás. Si por algo se caracterizan las nuevas extremas derechas de aire filofascista es por liarse a cabezazos con cualquier consenso y tildar de corrección política cualquier pacto tácito de humanidad o, al menos, de buenas maneras. He aquí los “máximos elogios” que ha dedicado Donald Trump al cineasta Rob Reiner: “torturado y en apuros”, además de paranoico, entre otras cosas.

Reiner, cabe decir, no ha fallecido en la cama de forma natural y en la última fase de una vida plena. A Reiner y a su esposa Michelle parece que los ha asesinado su propio hijo a puñaladas. Trump ha conectado rápidamente el homicidio con su propia figura, una versión siniestra de cuando muere alguien y quien escribe el obituario insiste en hablar de la relación del muerto con él (y aprovecha para bendecir al fiambre con el fin de ensalzarse a sí mismo). En este caso, sin embargo, no ha sido para elogiar a Reiner, sino para decir que ha muerto “debido a la ira que causó a otros mediante su masiva, inflexible e incurable aflicción con una enfermedad paralizadora de la mente conocida como el Síndrome de Enajenación Trump”. Es decir, en otras palabras, ha dicho que ha muerto por criticarlo a él (y, en el subtexto, que merecía ese desenlace).

Más que un presidente, Trump es la encarnación sin condimentos de los peores males del mundo, algo así como un avatar tragicómico y grotesco de las pulsiones más bajas de nuestro siglo. No es el único: cada vez más a menudo veo a valientes que desafían el mínimo recato (según ellos, la corrección política y la falsedad general) y rajan de un difunto justo cuando los que lo quisieron intentan digerir la noticia.

Es imposible mejorar la etiqueta que Mauro Entrialgo acuñó para esta nueva tendencia: el 'malismo'. El 'malismo' se basa en la ostentación pública de acciones o deseos tradicionalmente reprobables con la finalidad de conseguir un beneficio social, electoral o comercial. El término se levanta por oposición a 'buenismo', usado desde hace años con cariz peyorativo para criticar a quien se maneja en la vida con un mínimo respeto.

Rajar de un tipo acuchillado por su propio hijo horas después de los hechos es quizá la culminación más elocuente de 'malismo' que he visto en mucho tiempo. Sobre todo porque los que defienden este tipo de reacciones son los mismos que ponen el grito en el cielo por un chiste sobre Jesucristo o Carrero Blanco, que habitan las alturas desde hace bastante más tiempo que Rob Reiner, cuyo peor delito fue tener ideas progresistas y firmar un puñado de 'pelis' que hicieron de este sitio un lugar más habitable (y, en algunos casos, como con 'Spinal Tap', más divertido).

Después de esto, quizá puedan ir más allá. Acaso puedan defecar en las urnas funerarias, escupir en el ojo a cualquier vecino que en el ascensor intente comentar el tiempo que hace para esta época del año, abordar a todos los niños de aquel chiquipark para anunciar solemnemente que los Reyes Magos no son el tipo de personas que ellos piensan.

Díaz Mirón, citado por Juan Villoro en su impagable crónica 'Palmeras de la brisa rápida', escribió en el poema 'A Gloria': “El mérito es el náufrago del alma: / vivo se hunde, pero muerto, flota”. La poca vergüenza es el David Meca de algunos cretinos sin alma: bracea para captar fotos y batir récords en mares picados. Récords, en su caso, de ignorancia desacomplejada y de maldad idiota, sí, pero no inane.

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