Un establo vegano y otras historias
Mantener las tradiciones más elementales no es solo una lucha contra la cancelación y la proliferación de costumbres ajenas a la idiosincrasia del país. Lo es también contra el exceso de buena fe y de las ganas de ofrecer un amplio abanico de actividades por parte de las instituciones públicas

El ayuntamiento de Barcelona instala el pesebre en el interior de su sede / Jordi Cotrina
Tengo nietos y también tengo un pesebre de barro (delicado, por supuesto), y creo que es una buena idea comprar un Nacimiento de plástico, para que, si les apetece, puedan jugar con las figuras sin peligro. Voy a una feria de Navidad y compro uno, que no es ninguna maravilla estética (el de barro sí que lo es), pero que creo que con eso bastará. La señora que me atiende me pregunta si lo quiero “normal o vegano”. Mi cara de desconcierto le impulsa a explicarme las diferencias. "Los pesebres veganos que vendemos", me dice, "son para la gente que no quiere ni el buey ni la mula". Le pregunto si es cierto: "Sí, sí", añade, "tenemos Nacimientos sin animales, porque algunos piensan que así se les respeta más". Puedo asegurar que esta conversación es real y que, efectivamente, en la parada existen conjuntos de figuras (agrupadas en una bolsita) en los que no hay animales. Me imagino que, de la misma forma y en función del mismo criterio, en el belén de los amigos veganos no hay escenas pastorales ni dioramas con corderos, ovejas o patos y que el pescador que espera que piquen, junto al lago de papel de plata, no tiene ningún pez en el zurrón. Y que los pastores, en todo caso, se juntan en la noche dura cerca del fuego sin rebaño, intentando encontrar un sentido a la vida.
Es cierto, como ya se encargó de recordarnos el papa Benedicto XVI en su libro 'La infancia de Jesús', que ni el buey ni la mula aparecen en los Evangelios canónicos (Lucas, de hecho, habla solo de un comedero, y esto nos invita a deducir que en el establo había animales que rumiaban o masticaban) y que habría que recurrir a los apócrifos para descubrir la presencia de las bestias, aunque la cultura popular (desde San Francisco a los primeros frontales de altar románicos, hace 800 años) sí que los tiene en cuenta.
Mantener las tradiciones más elementales, más arraigadas, no es solo una lucha contra la cancelación, contra la asepsia de los “paisajes invernales” de las escuelas o contra la irrupción, el establecimiento y la proliferación de costumbres ajenas a la idiosincrasia del país. Lo es también contra el exceso de buena fe y de las ganas de ofrecer un amplio abanico de actividades por parte de las instituciones públicas. Veo, por ejemplo, cómo muchos ayuntamientos organizan “cagadas del tió” quince días antes de lo que toca. Al tió, se mire como se mire, se le obliga a cagar el 24 de diciembre y viene cargado, para los pequeños, de todo el misterio naíf que implica alimentar a un tronco para que pueda evacuar en condiciones en una fecha determinada. La espera, en este caso, también forma parte del ritual. Proceder con antelación a la ceremonia es un despropósito: tiene que ver con el deseo de convertir la celebración íntima en un acto colectivo. En casa, cuando yo era pequeño, el tió no era un tronco vacío por dentro y, por supuesto, no tenía ojos ni nariz, y no sonreía. Era el sofá del recibidor que, por arte de magia, un día se convertía en glotón. Y en Nochebuena “se fingía”, como dice el diccionario, que “dándole fuerte, llega a cagar dulces y otros regalos”.
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