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Opinión | Iglesia y poder
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Sánchez, nacionalcatólico

Pedro Sánchez, este lunes, durante su comparecencia para hacer un balance del curso político.

Pedro Sánchez, este lunes, durante su comparecencia para hacer un balance del curso político. / EFE

Sánchez ha mandado callar al presidente de la Conferencia Episcopal Española: «Una cosa le digo al señor Argüello, el tiempo en el que los obispos interferían en la política acabó cuando empezó la democracia en este país». Como Sánchez tiene una fantástica relación con la verdad, intuyo una nostalgia nacionalcatólica en su comentario.

Ciertamente Franco buscó apoyo en los obispos al acabar la guerra. Estos se lo dieron. El bando contrario había acabado con la vida de más de 10.000 cristianos por su fe. Los obispos callarían y no se opondrían a la dictadura y Franco daría no pocos beneficios a la Iglesia.

Pero la relación entre la Iglesia al franquismo se resquebrajó quince años antes de que llegara la democracia. Tanto es así que sería difícil pensar la transición sin la colaboración estrecha de la Iglesia.

Bajo su paraguas se reunieron todos los grupos de izquierdas desde los años 60. Que si pudieron publicar sus ideas sin problemas de censura es porque lo hicieron en panfletos de los movimientos sindicales de Acción Católica (HOAC y JOC). El primado de España, el cardenal Pla y Deniel, que había llamado a la cruzada en la guerra civil, llegó a quejarse directamente al Gobierno del totalitarismo de algunos de sus ministros para proteger a los obreros sindicados. Así, Comisiones Obreras se fundó en 1962 en las sacristías, de manos del sacerdote Francisco García Salve.

Debe resaltarse, además, la pésima relación del Papa Pablo VI con el franquismo. Desde su elección en 1963 trató de retirarle el derecho a Franco para escoger obispos y maniobró contra él a través de algunos obispos auxiliares para sortear sus ternas. Pablo VI se tomó tan en serio esta guerra institucional que dejó de recibir al fundador español del Opus Dei desde 1967 porque este se negó a presionar a los miembros de su movimiento para que socavasen el régimen.

Pero no solo fueron protegidas las izquierdas, también los nacionalistas vascos y catalanes que hoy sostienen al presidente en el gobierno. Los orígenes cristianísimos del PNV están en sus primeros estatutos elaborados por Sabino Arana. Es conocida la carta de los 339 curas vascos en 1960 que pretendían proteger los derechos «biológicos» de su pueblo. Lo cual explica que la izquierda abertzale encontró desde su fundación un hogar en parroquias y monasterios de aquellas tierras. No debe pasarse Eustakio Mendizabal (Txikia), que fue un benedictino que abandonó en 1967 el monasterio para dirigir la banda terrorista ETA. No pocos obispos vascos justificaron moralmente los atentados. Y cómo olvidar el pasado jesuita de Arzalluz.

En cuanto a Cataluña, los curas catalanistas eran tan fuertes que lograron echar de la diócesis de Barcelona al obispo Marcelo. Su sucesor, Narcís Jubany, que había sido obispo de Gerona antes, inauguró una larga tradición de protección y promoción del nacionalismo que pervive aún hoy. No son pocos los panfletillos de aquella época que propiciaron el enamoramiento absoluto de los curas catalanes de Jordi Pujol.

Tal fue la colaboración de la Iglesia con las fuerzas antifranquistas que Franco tuvo que inaugurar una cárcel para sacerdotes en Zamora en los años 60, que se mantuvo hasta 1976. Lo curioso es que ayer Sánchez intentara hacer lo mismo. Someter a los obispos que se opongan a sus políticas y pretendan dar cauce a las voces contrarias a su régimen. Qué lástima esta Iglesia que no desea unirse a su nacionalcatolicismo.

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