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Opinión | Editorial
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Enseñanzas chilenas

Las bazas electorales de Kast son las mismas que las derechas extremas agitan para llegar al poder en todo mundo

El presidente electo de Chile, José Antonio Kast, sale del Palacio de la Moneda este lunes, en Santiago.

El presidente electo de Chile, José Antonio Kast, sale del Palacio de la Moneda este lunes, en Santiago. / ADRIANA THOMASA / EFE

La inapelable victoria del candidato ultraconservador José Antonio Kast, que será el nuevo presidente de Chile tras derrotar a la comunista Jeanette Jara, abre un ciclo nuevo en la política chilena, y revela importantes enseñanzas para América Latina e incluso para otros países. Para Chile, significa el final de cuatro años del gobierno izquierdista de Gabriel Boric, que llegó al poder tras el estallido social del 2019 y con un programa de profundas reformas económicas y sociales. Para el resto de América Latina, la victoria de Kast confirma una tendencia que tiene en el presidente argentino Javier Milei su principal exponente y que también ha llevado al poder a fuerzas derechistas radicales en Brasil (hasta 2023), Ecuador y El Salvador. Con la llegada al poder de Kast, Chile aparece en el mapa como una baza de la política radical preconizada por el presidente de Estados Unidos. Sin embargo, conviene esperar a los hechos para emitir un juicio definitivo. Es cierto que Kast es hijo de un antiguo militar nazi, procede de un partido pinochetista y mantiene estrechas relaciones con Donald Trump, Milei, Jair Bolsonaro y Georgia Meloni. Pero también lo es que ha llevado a cabo una segunda vuelta relativamente moderada y que sus primeras palabras, tras la victoria, también lo han sido.

El amplio resultado obtenido indica que Kast ha sabido cosechar los votos de la derecha tradicional y de sectores populares sensibles a sus apelaciones a la seguridad, y que han sufrido las consecuencias de un cierto retroceso económico. Ello debería llevarlo a gobernar para una amplia mayoría de chilenos que no necesariamente se identifican con las políticas libertarias y ultraconservadoras.

Es interesante comprobar que sus bazas electorales son las mismas que las derechas más extremas agitan para alcanzar el poder en todo el mundo. Ha sabido explotar la sensación de inseguridad, en un país que tiene índices de violencia muchas más bajos que la mayoría de sus vecinos. Ha hecho de la inmigración una de sus principales banderas, acogiéndose a la política de Boric y de su antecesor, el conservador Salvador Piñera, que abrieron las puertas de Chile a cientos de miles de emigrantes procedentes la mayoría de Venezuela. También ha explotado la misma batalla cultural con las que la extrema derecha gana votos en todo el mundo y que ya supuso una primera derrota para la izquierda cuando Boric intentó hacer aprobar en referéndum una de las constituciones más avanzadas de América Latina y perdió.

Para España, las relaciones con Chile son demasiado importantes para repetir el conflicto con la Argentina de Milei que ha mantenido en stand by las relaciones entre ambos países. En ese sentido, las primeras manifestaciones del Ejecutivo español son positivas en la medida en que sugieren la necesidad de un diálogo constructivo con el nuevo ejecutivo chileno. Esperemos que José Antonio Kast tenga un comportamiento menos atrabiliario que el de su colega argentino y que ello facilite el mantenimiento de buenas relaciones entre dos países que tienen mucho en común, más allá de las profundas diferencias ideológicas que el nuevo presidente chileno tenga con el Gobierno español.