Desconocidos y diferentes
Los inmigrantes son una bendición del cielo. Pero la inmigración, además de generar beneficios, tiene costes, y unos y otros no se distribuyen por igual entre la población
Centros de deportación y expulsiones a terceros países: los Veintisiete dan un paso más para externalizar sus fronteras

Inmigrantes guardan la cola en la Oficina de Extranjería de la calle Pradillo de Madrid este martes. / JOSÉ LUIS ROCA
En el mundo y en 2024, Naciones Unidas señaló que había 304 millones de migrantes, algo menos de un 4% de la población mundial (UN International Migration, 2024). También dejó clara la obviedad de que la inmigración se dirige de los países pobres a los ricos. Y España, a estos efectos, es un país rico, de inmigración, por tanto. Llegan inmigrantes a nuestro barrio, todos nos son desconocidos y muchos son diferentes a nosotros: son de otras razas, de distintas religiones o lenguas, de otros estilos de vida, o un poco de todo a la vez.
La prevención ante el desconocido es natural, pero la animadversión al diferente es lamentable. Y es fácil pasar de la una a la otra, sobre todo si, aunque los inmigrantes se enraícen en nuestro vecindario, como muchos de ellos persiguen seguir siendo diferentes, y no desean asimilarse a los locales de toda la vida, bastantes de nosotros creeremos que ello pone en peligro nuestra ancestral forma de ser, de vivir, de relacionarse y hasta de hablar y escribir.
Lo anterior es particularmente marcado en la inmigración de origen musulmán. Francia alberga la mayor población musulmana de Europa Occidental, uno de cada ocho o nueve franceses lo es. En España, en cambio, son musulmanes uno de cada veinte habitantes. Pero en Cataluny, la proporción es mayor, acaso uno de cada ocho, casi como en Francia, más de 660.000 personas. La combinación de la magnitud de la proporción demográfica con la riqueza media del grupo es muy importante para configurar nuestra actitud: cien mil nuevos inmigrantes latinoamericanos son vistos con menos recelo que cien mil norteafricanos, pues aquellos son más parecidos a nosotros que estos. En España hay más de 4 millones de habitantes de origen latino; colombianos, venezolanos, ecuatorianos y argentinos configuran las mayores cohortes, y se asimilan naturalmente con los locales. En este país llevamos camino de alcanzar los 50 millones de habitantes - 43 millones de españoles, 7 millones de extranjeros - a principios de 2027. Si no hubiéramos acogido a la inmigración latina o hubiéramos recibido la mitad, estaríamos muy mal, seríamos un país más envejecido de lo que ya es, con una edad media de más de 45 años.
Así, en términos generales, a nivel de país, los inmigrantes son una bendición del cielo. Pero la inmigración, además de generar beneficios, tiene costes, y unos y otros no se distribuyen por igual entre la población: los beneficios se concentran sobre todo en la mitad más rica de la sociedad y no en la más pobre, la cual, además, paga los más de los costes.
En España, el producto interior bruto crece más que la riqueza media de los españoles, básicamente porque no somos mucho más productivos que hace diez años, solo somos más. Los millones de extranjeros que se han incorporado al mercado de trabajo en los últimos cinco o diez años han impulsado el aumento del producto interior bruto, pero no han hecho a todos los españoles comparablemente más ricos: si el PIB crece diez puntos, el PIB per cápita crece, digamos, cinco. Así, se entiende que los españoles de a pie no estén entusiasmados, o que bastantes trabajadores jóvenes no se sientan beneficiados por la inmigración.
Por ello, a doña Isabel Díaz Ayuso, presidenta de la Comunidad de Madrid, le salió del alma afirmar que, sin inmigración, los locales deberíamos construir y limpiar las casas de las clases media y alta de este país. Es verdad. Pero no añadió que el inmigrante, hombre o mujer y normalmente joven, compite con los trabajadores del país en sectores como la construcción, la limpieza y los cuidados a personas, trabajadores que ganarían más sin inmigrantes. Las clases media y alta españolas viven mejor gracias a la inmigración, pero a costa relativa de muchos de nuestros trabajadores. Parecidamente, la inmigración presiona al alza las rentas del arrendamiento de vivienda, en perjuicio de muchos jóvenes españoles que quieren emanciparse y contar con una vivienda propia, en alquiler y a un coste contenido. Los políticos tratan de cuadrar el círculo con regulaciones que persiguen reducir o contener las rentas de los alquileres inmobiliarios sin reducir su oferta. Misión improbable.
Suscríbete para seguir leyendo
- Miguel Ángel, financiero, va de Valladolid a Madrid a trabajar: 'Tardo una hora; es como si viviera en Leganés
- Antena 3 pone punto y final a su serie más longeva en 10 años y avanza fecha, horario y cómo se resolverán sus últimos capítulos
- Catalunya plantea bajarle el salario a un funcionario si le falta al respeto a un ciudadano
- Juan José Hidalgo (Air Europa): 'Mientras yo viva no dejo que nadie gobierne Air Europa
- Una juez de Barcelona condena a Salut a atender a un enfermo de ELA en su domicilio
- La zona de Catalunya donde Jorge Fernández, presentador de 'La ruleta de la suerte', pasa el invierno
- El veto al dinero en efectivo en el bus de Barcelona que deja sin seguro a pasajeros: “No es lo mismo no pagar que no poder pagar
- La UE defiende que España debería bajar los impuestos de la electricidad para apoyar a los hogares vulnerables
