Opinión | Salud mental
La lección de Andreu
Me pregunto si era realmente necesario justificar con un vídeo que el presentador no estará en las campanadas: nadie da explicaciones por una bronquitis

Andreu Buenafuente / EP
A mi amiga Anna le molesta sobremanera cuando alguien se descuelga de un plan sin dar explicaciones. Le parece una falta de compromiso y la enerva desde siempre. A mí, que también me parece una falta de educación, me divierte dedicar unos minutos al tema siempre que tenemos ocasión. Somos ya unas señoras con derecho a despotricar también de las formas. No hay ni que decir la verdad: solo excusarse con educación ya nos vale, porque ahora con mandar un WhatsApp aséptico basta para descolgarse de un plan. “Al final no voy a poder”. Tengo pendiente hablar con ella del mensaje que colgó Andreu Buenafuente en las redes para explicar por qué motivo finalmente no presentará las campanadas de Televisión Española. Es un vídeo delicioso, elegante y que derrocha sensibilidad para hacer entender que de los males sin heridas abiertas hay que saber recuperarse como si sangraran.
En el vídeo no hay dramatismo ni autoindulgencia, sino algo infinitamente más valioso: respeto por la gente. Además, sin reclamar atención ni compasión. Andreu recuerda, sin decirlo, que la profesionalidad también consiste en saber parar, que las cosas importantes se explican porque, además de uno mismo, también se debe considerar a los otros.
Pero me pregunto si era realmente necesario. No por Andreu —me parece una decisión impecable (y también una manera elegante de acallar potenciales rumores)—, sino porque si de otro tipo de enfermedad se tratara, no habría necesidad de explicarse. Nadie cuenta que cancela un proyecto por una bronquitis o algo más grave, y, sin embargo, cuando el malestar es emocional o mental sentimos la obligación de justificarlo, como si aún perteneciera a un territorio sospechoso.
Quizá por eso su vídeo es importante. Revela la desigualdad que aún existe entre las heridas visibles y las invisibles. Las primeras se aceptan sin más; las segundas parecen tener que ganarse el derecho a existir. Ojalá llegue el día en que cuidarse no requiera prólogo, en que nadie tenga que explicar por qué no puede sostener el ritmo, ni traducir en palabras un cansancio que debería entenderse solo. Hasta entonces, gestos como el suyo nos recuerdan que vale la pena explicarse cuando la explicación abre camino, humaniza y, de paso, nos enseña a tratarnos mejor.
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