Trump en rumbo de colisión contra la Unión Europea
La actitud general sigue siendo la sumisión y el apaciguamiento de un presidente estadounidense que se muestra abiertamente dispuesto a provocar el desmantelamiento de la, por otro lado, imperfecta Europa unida
¿Qué planes tiene Trump para la UE? Claves para entender la nueva estrategia de EEUU en Europa
EEUU traslada a los europeos su plan para hacer negocios con Putin y reactivar los flujos de energía rusa al continente

Leonard Beard. / 5
La nueva Estrategia Nacional de Seguridad (ENS), rubricada por Donald Trump el pasado 4 de diciembre, culmina el proceso de definición de un sueño imperialista que, entre otros inquietantes señalamientos, pone a la Unión Europea (UE) en la diana de un dirigente que desde hace años viene sembrando el camino de desplantes y mensajes inamistosos hacia quienes hasta ahora eran fieles aliados. Un proceso que ya no resulta sorprendente en quien abomina del multilateralismo y de la defensa del orden internacional nacido tras la II Guerra Mundial, pero que, al menos de momento, no ha provocado la reacción que cabría esperar por parte de los Veintisiete, como si el contenido de dicha ENS no pusiera abiertamente en cuestión el vínculo trasatlántico y, por tanto, las garantías de seguridad que durante décadas Washington ha prestado a buena parte de Europa.
Por el contrario, más allá de las puntuales declaraciones del presidente del Consejo Europeo, António Costa, rechazando lo que entiende como inaceptable injerencia en los asuntos internos de la Unión, la actitud general sigue siendo la sumisión y el apaciguamiento de un presidente estadounidense que se muestra abiertamente dispuesto a provocar el desmantelamiento de la, por otro lado, imperfecta Unión Europea. Una postura que, como era previsible, no ha servido para evitar que ahora Trump apunte aún de manera más clara contra un grupo de países que prefiere ver fragmentados, calculando con que de ese modo podrá manejarlos a su antojo en la medida en que, por separado, ninguno de ellos podrá resistir la presión de quien todavía es la primera potencia económica, militar, tecnológica, cultural y energética del planeta.
Lo que cabe esperar, en consecuencia, es que se dedique no solo a inspirar, sino también a financiar a los emergentes grupos ultranacionalistas -es decir, antieuropeístas- que pululan en el seno de la Unión, confiando en que le sirvan como arietes para destruir un proyecto de unión política que, desgraciadamente, no vive su mejor momento. Trump cuenta, además, con gobernantes nacionales (sirvan Viktor Orbán o Giorgia Meloni como muestras más visibles) que creen que, en términos bilaterales, pueden verse beneficiados por una relación preferencial con Washington, sin querer entender que hoy en esta privilegiada parte del planeta ninguno de los Veintisiete tiene la más mínima oportunidad de salir ganando en solitario.
Una segunda derivada de ese propósito antieuropeísta apunta a Rusia. En el contexto de la guerra de Ucrania resulta cada vez más visible el interés de Washington por atraer a Moscú a su órbita, con la intención indisimulada de alejarlo de Pekín y así poder hacer frente en mejores condiciones a la pretensión de China de sustituir a Estados Unidos como líder planetario. En esa línea, que incluye la perspectiva de hacer negocios muy provechosos para el clan familiar del propio Trump, va tomando forma el entendimiento entre el inquilino de la Casa Blanca y Vladimir Putin no solo para forzar a Ucrania a la capitulación, sino también para poner en marcha un nuevo esquema de relaciones bilaterales que, entre otras cosas, conlleve un reparto de zonas de influencia en el continente europeo.
Dando por descontado que perder a la UE como principal aliado y socio es un error de carácter estratégico para Estados Unidos, queda por ver cómo van a reaccionar los países miembros de la UE. En el papel figura desde hace tiempo la aspiración de lograr la autonomía estratégica, dotándose de todos los medios necesarios para defender los propios intereses sin tener que subordinarse ni depender de un actor externo. La cruda realidad demuestra que todavía estamos lejos de alcanzar ese objetivo, por mucho que la guerra en Ucrania haya propiciado decisiones comunes que parecían impensables hace poco tiempo. Una opción a partir de aquí es intensificar el “sálvese quien pueda” echándose aún más en manos de Washington, lo que supone aceptar 'sine die' la subordinación a los dictados trumpistas. La otra es apostar decididamente por una aceleración del proceso de integración, tanto en términos económicos como políticos (incluyendo, obviamente, el capitulo de seguridad y defensa). Se admiten apuestas.
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