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Opinión | Conocidos y saludados
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Òscar Ordeig, a la caza del jabalí

Al conseller no le duelen prendas para declarar la emergencia, delimitar la zona de confinamiento, conseguir que se mantenga la exportación desde las granjas, aplicar erte y mantenerse en contacto con el ministro Luis Planas

Ordeig pide "prudencia" sobre el origen del brote de la peste porcina y mantiene abiertas "todas las hipótesis"

El Govern se propone reducir a la mitad la población de jabalís en Catalunya

El conseller d'Agricultura, Òscar Ordeig, durant una intervenció als serveis territorials d'Agricultura de Lleida

El conseller d'Agricultura, Òscar Ordeig, durant una intervenció als serveis territorials d'Agricultura de Lleida / Anna Berga / ACN / ACN

Si los amigos son la familia que se escoge, Pedro Sánchez lo tiene difícil para convencer a la ciudadanía de que él nada sabía de lo mucho que se cuenta. Cuesta creer tanto desconocimiento de las personas que se subieron a su coche para buscar apoyos militantes y tanta lejanía de sus comportamientos. Como si durante aquellas semanas de seducción y cercanía no hubiera trascendido ninguna contradicción ni se hubieran sincerado debilidades humanas ni confidencias reservadas.

Sabiendo, además, que un presidente dispone de toda la información por privada y secreta que esta sea, se entiende que a muchos de sus votantes hoy se les haga cuesta arriba mantenerle la confianza según las encuestas.

Pero lo más grave es que las conductas reprobadas ejemplifican el envés del discurso público. El reverso de una moral que trasluce la hipocresía, cuando no el cinismo, de pregonar vino pero vender vinagre. Toda esta geografía humana del desencanto es más madera para el populismo de la derecha extrema, al que cada día se acercan más votantes socialistas. Hombres y mujeres que tampoco confían ni en las otras izquierdas malhumoradas portadoras de la verdad indiscutible ni en la derecha descarada que se ha hecho con la calle, desde donde también se comporta de manera impropia según el dictado de sus convicciones.

No obstante, entre el abundante tremendismo del que Núñez Feijóo se ha servido durante el año que se acaba aflora un dato incontrovertible: se están cumpliendo sus pronósticos de antes del verano de que este semestre sería policial y judicialmente adverso para el gobierno. La pregunta pendiente de respuesta sigue siendo en qué información privilegiada, legal y confidencial se basaba el líder popular y por qué cauces le llegaba para desearle a Pedro Sánchez el otoño del patriarca.

Lo curioso del caso es que, hurgando entre tanto estiércol, nadie se percatara de la llegada de la peste porcina. Otra sacudida a la economía del primer país exportador de la Unión Europea que tiene en vilo a Òscar Ordeig Molist (Vic, 14 de marzo de 1978).

El titular de Agricultura, Ramaderia, Pesca i Alimentació de la Generalitat mantiene un ritmo frenético y no se anda con pequeñeces. De la gripe aviar pasa a la peste porcina sin solución de continuidad porque su conselleria, sin ser de las más agradecidas, suele ser de las más expuestas. A un sector de profesionales tan necesarios como tradicionalmente castigados, Ordeig intenta transmitirle una confianza de difícil aceptación, porque creen que Bruselas trabaja en su contra y nadie les defiende. Por eso al conseller no le duelen prendas para declarar la emergencia, delimitar la zona de confinamiento, conseguir que se mantenga la exportación desde las granjas sin riesgo de afectación, aplicar erte y mantenerse en contacto permanente con el ministro Luis Planas, a quien sabe dominador de los sinuosos vericuetos de la circulación administrativa europea. Fue viajando con él que consiguió ampliar el calendario de pesca y cortar de raíz la exagerada amenaza de unas navidades sin pescado.

Lo que Ordeig no ha conseguido todavía es serenar a los transportistas más suspicaces, que se dieron por aludidos cuando situó la posible causa del contagio en los restos de un bocadillo contaminado ingerido después por un jabalí. Piel fina contra grueso pelaje.

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