Ojo al exceso de optimismo
A finales de 2007, los titulares exaltaban a las empresas de la nueva tecnología y apenas se daba relevancia a las señales de alerta procedentes del mercado de titulación hipotecario de EEUU

España recibió hasta octubre 85,7 millones de turistas, el 3,5 % más que en 2024
En los últimos tres meses he tenido la oportunidad de dar algunas vueltas por España y escuchar a líderes empresariales de cuatro de los sectores clave de nuestra economía: inmobiliario, hotelero, distribución y financiero. En todos ellos abunda una sensación de optimismo, de que 2026 será mejor que 2025, tal como este año ha superado 2024. Volverán a batirse récords de beneficios y los presupuestos serán expansivos. Como símbolo de esta fiesta, que no todos disfrutan: llegar a la cifra de cien millones de turistas, que podrá haberse alcanzado este diciembre.
Las gestoras de fondos -desde los soberanos noruego y árabes hasta los BlackRock de turno- siguen inundando de dinero los proyectos empresariales bien construidos, cotizados y de capital privado, en busca de mayores rentabilidades; las empresas siguen (re)financiando sus deudas para emprender nuevas inversiones, aprovechando el escenario de establidad de los tipos de interés; las bolsas de valores siguen batiendo récords, aumentando el efecto riqueza de los patrimonios invertidos en renta variable; y, para redondear el círculo, en la Unión Europea los estados siguen manteniendo vivos los fondos NextGen, a los que debe sumarse la voluntad de inyectar cientos de miles de millones para la defensa y la seguridad.
No hay autonomía española que no se precie de querer crear un nuevo 'hub' de inversiones para el futuro: centros de datos, baterías para conservar y dar energía de procedencia renovable, fábricas de semiconductores y producción audiovisual y videojuegos. Las empresas auxiliares de automóvil se preparan para hacer frente a la llegada en masa de vehículos chinos y para reconvertir parte de su producción en desarrollar productos para blindados y tanquetas.
En esta vuelta por España queda de manifiesto la absoluta separación que ya existe entre el mundo empresarial y el político; una asociación solo sujeta a aquellas compañías dependientes de las decisiones del BOE, que afectan a las empresas más reguladas. ¿El Gobierno central? Cada vez importa menos. El nivel de escándalos diarios que se van descubriendo alrededor del círculo íntimo de Pedro Sánchez ya no afecta. Se da por supuesto y amortizado. Sensación de fin de régimen. «Mejor que no haya presupuestos, así podrán robar menos», he llegado a escuchar. De estar ya en la tanda de penaltis a la espera de la guinda final. Solo se mantiene el prestigio, ganado a pulso, de algunos ministros que aguantan la embestida. Caso del titular de Economía, Carlos Cuerpo, o del voluntarioso Jordi Hereu en Industria.
La última vez que España vivió tal optimismo: finales de 2007. Récord bursátil y de construcción de viviendas. Gobernaba Zapatero. Los pronósticos para 2008 eran extraordinarios. Los titulares exaltaban a las empresas de la nueva tecnología y apenas se daba relevancia a las señales de alerta procedentes del mercado de titulación hipotecario de EEUU.
La historia es siempre referencia y, aunque nunca se repita igual, tal como está el mundo, un poco de cautela sería bienvenida.
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