Opinión | Bloglobal
Gana terreno una lógica amoral

El momento en el que EEUU se incauta de un petrolero frente a la costa de Venezuela.
Algo de naturaleza ominosa se adueña a pasos agigantados del comportamiento de los gobernantes más influyentes y decisivos, de los líderes imbatibles, productos de un ecosistema que se caracteriza por su poder expansivo. Son demasiados los ingredientes abominables que concurren en ámbitos tan distantes y diferentes como Venezuela en un laberinto sin salida, el Gobierno de Israel y el genocidio de Gaza, Rusia y la invasión de Ucrania, espacios donde se consolida y crece sin límites el talante amoral de Donald Trump, que ha hecho de la fuerza su herramienta de trabajo preferida y de la injerencia verbal y despreciativa -con Europa-, su mecanismo de intromisión en territorio ajeno. Zozobran las grandes convenciones con angustiosa frecuencia y de esta forma se cumple el vaticinio de Alain Touraine en Barcelona un día de 2004 (Fòrum de les Cultures): “La victoria de la arbitrariedad es la derrota de la cultura democrática”.
1.Sufre Venezuela una doble derrota por esa causa: por el perfil autoritario, ajeno a la democracia, de Nicolás Maduro y por el propósito de Donald Trump de rescatar de la historia la gran consigna del presidente James Monroe: “América para los americanos”, entendidos estos como sinónimo de Estados Unidos, con sus intereses y necesidades. Renace así la doctrina del patio trasero y del gran garrote, facilitada la operación en grado sumo por la ocupación ilegítima del poder por Maduro, que se cerró en banda a cualquier demostración de su victoria, actas en mano, en las elecciones del año pasado, de las que Edmundo González, de la Mesa de Unidad Democrática, salió vencedor según todos los indicios. No hay en Trump rasgo alguno de legitimidad para acosar a Venezuela, salvo que se otorgue tal condición a la fuerza bruta desplegada en el Caribe; carece Maduro de los atributos que confieren a un líder político el derecho de presentarse ante el auditorio como el mandatario autorizado a reclamar más y más largos sacrificios a sus conciudadanos.
Ha sido enorme la ayuda de Maduro en la representación de la odisea de María Corina Machado camino de Oslo para recoger el Premio Nobel de la Paz. El viaje de la clandestinidad a los focos ha procurado un espacio de confort nada desdeñable a los propagandistas de las operaciones estadounidenses contra el narcotráfico a mar abierta -un supuesto sin material probatorio que ha causado más de ochenta muertos-, a los artífices de la incautación de un petrolero sin mayor derecho para hacerlo a la luz del derecho internacional, si es que este sigue en vigor, algo que cada día es más dudoso. Sería sumamente interesante saber qué vínculos o compromisos han adquirido con Estados Unidos las voces más reconocibles de la oposición venezolana en orden a poner la gestión de los yacimientos de petróleo en manos de afectos a la causa trumpista, no para justificar la deriva de Maduro, sin justificación posible, sino para discernir cuáles son las reglas no escritas que quizá rijan en un futuro desmadurizado.
2.La tregua sin tregua en Gaza ha alcanzado el presumible objetivo último de la puesta en escena de octubre en Sharm el Sheij: desmovilizar a la opinión pública y relajar la presión sobre los gobiernos por la calle enardecida. En el colmo de la paradoja, se oficializó el alto el fuego en la Franja sin participación de las partes implicadas, Palestina e Israel, se prodigaron los aplausos y el presidente Trump anduvo una vez más en busca del Nobel de la Paz que, visto lo visto, lo mismo vale para un roto que para un descosido. Pero no han dejado de sumarse muertos en las ruinas de Gaza, no hay sombra de la segunda fase de las negociaciones y reitera Binyamin Netanyahu su oposición sin fisuras a lo que cualquier espíritu honrado entiende que debe desembocar en la solución de los dos estados, aunque tal desenlace se antoja cada día más inviable, dejado el futuro de la comunidad palestina en tierra de nadie -salvo el compromiso de la ONU y de las oenegés-, aunque no se quiera reconocer que esa es la situación.
Cuando el caso altera los designios de la UER y España y algún otro país se dan de baja del festival de Eurovisión pudiera caerse en la debilidad de creer que el problema escala, pero la realidad, después de la primera impresión, es que todo ello no es mucho más que un entremés de enredo que, eso sí, retrata los intereses que llevarán a Israel sobre el escenario y a los disidentes, a su casa. La argumentación de la UER de que la música es ajena a la política resulta tan estúpida y simplista que no merece la pena perder el tiempo en rebatirla; recordar que todo es política en cuanto aparecen las banderas es preciso por estricta higiene mental y decencia democrática. En el coro de los esclavos de la ópera Nabucco, de Giuseppe Verdi, la letra original incluye la frase “Oh mia patria si bella e perduta”; en el Milán ocupado por Austria, el público cantaba “Oh mia Italia si bella e perduta”, momento en el que la policía del ocupante desalojaba el teatro. Conclusión nada forzada: la música también es política desde muy antiguo.
3.Las groserías de Donald Trump dedicadas a Europa son las propias de un enemigo, adversario o competidor decidido a zaherir siempre que pueda. El contenido del documento Estrategia de Seguridad Nacional de Estados Unidos, dado a conocer el 28 de noviembre, pone de manifiesto que Europa no solo molesta al presidente, sino que la detesta. Hay en ello una coincidencia básica y fundamental entre él y Vladimir Putin, dispuesto el primero a sacrificar el futuro de Ucrania en el altar de un acuerdo con Rusia para la explotación de recursos naturales en el Ártico; deseoso el segundo de alejar a la Casa Blanca del compromiso con los aliados europeos y someter a estos a presión permanente; empeñados ambos en hacer saltar por los aires la Europa política mediante la inestimable ayuda de los partidos de extrema derecha (patrióticos los llama Trump). Sucede así que no aceptará el neoimperialismo ruso -lo de neo es un eufemismo- un desenlace de la invasión de Ucrania que no se ajuste a su proyecto de futuro hasta la última coma, con grave riesgo para la seguridad europea en general y para los estados más cercanos a Rusia en particular.
Cunde la impresión de que el artículo 5 del Tratado del Atlántico Norte -cláusula de defensa colectiva- es poco más que papel mojado porque no parece que pueda prevalecer por encima de la red de intereses de ambos autócratas, tan alejados del multilateralismo, tan cercanos los dos en su comprensión del mundo como un campo de batalla en el que se impone quien dispone de mayor y mejor fuerza. Es esa una doctrina innoble, pero no por ello ajena a la historia de la humanidad, sino más bien consustancial a ella. Ambos se atienen a la expresión latina vae victis (¡ay de los vencidos!), la conozcan o no de primera mano.
4.Muy al final de la película Núremberg -estos días en los cines-, el protagonista reflexiona sobre un futuro renacimiento de los totalitarismos después de la derrota nazi y del gran juicio. Viene a decir que la próxima vez no harán falta ni uniformes ni camisas pardas. Veamos qué pasa.
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