Europa para los americanos
El ataque de la administración Trump y los ‘tecnobros’ a la UE prueba que Washington y el viejo continente están hoy en dos orillas contrapuestas
La Comisión Europea multa con 120 millones de euros a X por el diseño "engañoso" de su sistema de verificación y falta de transparencia

Leonard Beard. / 5
En las conversaciones geoestratégicas a ambos lados del Atlántico esta semana se ha hablado mucho de la Doctrina Monroe. En 1823, Washington proclamó que el continente americano quedaba cerrado a Europa y que cualquier intento de injerencia sería considerado una amenaza a los intereses nacionales de EEUU: “América para los americanos”. En la práctica, América Latina pasaba a ser el patio trasero estadounidense. Dos siglos después, no se trata de aplicar literalmente esa doctrina a Europa, sino de invocar su espíritu y reinterpretarlo: marcar hasta dónde puede llegar la UE en la regulación de su pedazo del mercado global, dominado por gigantes tecnológicos estadounidenses. EEUU es el líder hegemónico del hemisferio occidental y ve con recelo que el entramado institucional europeo ponga en jaque sus intereses.
Si Europa tuviera un García Márquez que la contara, Elon Musk y su red X serían hoy la United Fruit Company de ‘Cien años de soledad’. Una compañía bananera del siglo XXI, sin machetes ni guardias armados, pero con algoritmos y campañas virales capaces de arrasar reputaciones, instituciones y consensos sociales. La multa que la Unión Europea ha impuesto a X por incumplir las normas de transparencia, manipular el diseño de los famosos 'checks' azules y boicotear el acceso a los datos para investigadores es un gesto de soberanía política: Europa dice que, en su territorio, también el digital, rigen leyes aprobadas por parlamentos.
La reacción de Musk ha sido propia de una compañía bananera: incitar a que se derroque al Gobierno que quiere poner coto al expolio de su plantación. Ha respondido con una campaña de bulos, medias verdades y exageraciones, presentando a la UE como un monstruo censor que persigue la libertad de expresión, mientras él se erige en mártir del liberalismo. Desde su propia plataforma ha azuzado a millones de usuarios contra las instituciones europeas y ha reforzado el discurso de los movimientos populistas de ultraderecha, que sueñan con derribar la Unión desde dentro: un 'Muskexit' masivo. El millonario libertario no es un actor aislado: es el altavoz de quienes ven en Bruselas el último dique frente a una jungla desregulada.
En ese contexto, la hostilidad de la administración Trump hacia la UE es casi un halago. Su problema no es con los europeos (blancos, por supuesto): quiere que cientos de millones de consumidores compren coches, 'software', armamento y suscripciones de empresas de Silicon Valley. Lo que le irrita es el modelo político, social y económico que Europa, con sus problemas y contradicciones, aún representa: un Estado del bienestar que, pese a los recortes y las dificultades, sigue siendo referencia; sociedades plurales que se obstinan en reconocer derechos a minorías; un mercado regulado… El viejo pacto, en definitiva, entre democracia liberal y socialdemocracia que fundó la UE y que aún resiste a la ola iliberal. Trump encarna la alternativa: nativismo, ley del más fuerte, un mundo concebido como una selva donde el juego consiste en imponerse al vecino. Y donde los blancos dominan, de California a Sudáfrica, de Toronto a Tierra del Fuego, de Budapest a Cádiz.
Que la Casa Blanca confronte así a la UE es la prueba más clara de que EEUU no es hoy un aliado; que ya no se puede dar por sentado que Washington y Bruselas estén en el mismo lado en la defensa de un orden internacional basado en normas. Un amigo no amenaza con sanciones, ni sabotea tus intentos de regular a empresas que operan en tu territorio, ni aplaude a quienes desprecian tu integración, ni financia a quienes buscan tu destrucción. Un amigo no te aplica la Doctrina Monroe.
Europa debe asimilar que el aliado del último siglo ya no lo es, al menos no de la misma manera, y actuar en consecuencia. Eso significa reforzar sus estructuras políticas, consolidar su autonomía económica, construir una capacidad militar creíble y apostar por su soberanía tecnológica. También significa entrar en modo autodefensa frente a los muchos autoproclamados patriotas (de Orbán a Abascal, de Farage a Le Pen) que quieren una Europa para los americanos. La paradoja de este momento es que el mayor elogio al proyecto europeo viene de sus enemigos. Si Trump y Musk odian a la UE es porque la UE, con todas sus imperfecciones, aún significa algo distinto.
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