Saltar al contenido principalSaltar al pie de página
Opinión | Necesidad humana
Por qué confiar en El Periódico Por qué confiar en El Periódico Por qué confiar en El Periódico

La mayoría

Cuando el mundo se resquebraja, la mayoría deja de ser un espacio acrítico y se transforma en un lugar donde sostenerse

Cientos de personas abarrotan la Rambla de Barcelona.

Cientos de personas abarrotan la Rambla de Barcelona. / LORENA SOPÊNA / EUROPA PRESS

La mayoría es el gran valor operativo de la democracia. Cuando suma más manos, más votos o más voces, obtiene el poder de decidir, y esa es su gran fuerza. Pero, fuera de este mecanismo imprescindible, ¿qué significa realmente formar parte de ella?

Para muchos, si no para todos, es la primera aspiración vital. De niños y adolescentes, encajar es casi un instinto, y a veces perdura con los años en quienes caminan por la calle calzando las mismas zapatillas de moda. Ser de la mayoría es la primera forma de pertenencia y también la primera protección. La normalidad nos esconde, nos resguarda, nos hace pasar desapercibidos cuando todo es susceptible de ser juzgado, cuando uno no está seguro de si podría sobrevivir al margen, en su rareza. Es refugio, una extensa gama de grises que nos evita el peso de pensar solos y nos invita a reproducir lo que ya está establecido. Se está bien ahí, es confortable, una excusa perfecta, un encogerse de hombros. Nos quedamos porque es fácil, porque estamos a gusto o quizá porque no siempre tenemos fuerzas para desafiarla.

A veces, incluso los versos libres la reclaman y la aclaman. "Curioso, por una vez en la vida, querer pertenecer a la mayoría", escribió Maria-Mercè Marçal en su diario personal, en los últimos años de su vida, cuando ya había enfermado ('El senyal de la pèrdua', editorial Empúries). Me parece que había hecho de la diferencia un territorio propio, y de repente deseaba ser contada entre los muchos y no entre los pocos; entre las personas que no sienten la espada de Damocles sobre la cabeza, no entre los enfermos. Incluso deseó poder tener fe, alguna fe, poder encomendarse a unos brazos espirituales en los que apoyarse, como hacemos todos los incrédulos cuando tenemos miedo.

Hay en este movimiento algo paradójico. Esa necesidad humana de amparo incluso cuando sabemos que es un amparo precario. Cuando el mundo se resquebraja, la mayoría deja de ser un espacio acrítico y se transforma en un lugar donde sostenerse. Un territorio provisional de normalidad, una burbuja de continuidad en medio del vértigo. La mayoría como cobijo, aunque solo sea para respirar un poco antes de volver a habitar la indisoluble minoría.

Suscríbete para seguir leyendo