No saber quién manda
¿Se vislumbra ya un pospopulismo o se consolidará la fractura del 'mainstream' político? El dilema concierne de pleno a la Unión Europea y al estado de ánimo de la sociedad española

Alexander Stubb, president de Finlàndia, durant la cimera de l’OTAN a Washington, el juliol del 2024. | GRAEME SLOAN / BLOOMBERG
Gran parte de la clase política opera como si, con cada lío que paraliza España, la dinámica global también tuviese que entrar en compás de espera. Pero en ese mundo exterior lo que satisfacen más son los tropiezos ajenos. Lo saben los empresarios porque ya viven en la brecha entre el devenir nacional y la realidad globalizada. Esa dualidad acentúa el contraste entre las vicisitudes tan peliagudas del PSOE y los interrogantes sobre lo que pasa en el mundo.
El mes de diciembre ha comenzado con una acumulación de líos inexorables que, de mayor a menor, parece un duplicado de los catálogos regeneracionistas de otro siglo. Y mientras tanto, allá en el ancho mundo se vive la alta tensión entre el viejo orden mundial y un nuevo desorden, a la espera de un nuevo orden global. Por el momento, escenarios y personajes interpretan a tientas y a ciegas los síntomas de algo que es a la vez inédito y de siempre. Será inédito por los algoritmos y algo de siempre por la recurrencia de la guerra. Será un nuevo capítulo en la medida en que la guerra se haga con algoritmos.
Con mucha pirotecnia, casi todos los escenógrafos de la gran fórmula ya se han pronunciado sobre las carencias geoestratégicas de la Unión Europea. Esa es una cuestión en la que sin realismo no hay concreciones, del mismo modo que, sin visión, no hay panorama. Alexander Stubb, presidente de Finlandia, sostiene que el mundo ha cambiado más en los últimos cuatro años que en las tres décadas precedentes. Dicho de otra manera, no sabemos exactamente quién manda. La guerra de Ucrania ha puesto a prueba la voluntad geopolítica de Europa mientras que los Estados Unidos de Trump se alejan de uno u otro modo del gran pacto trasatlántico. Y ahí está China, expandiendo minuciosamente su área de influencia.
Las ilusiones concebidas al caer el muro de Berlín ya son hoja caída. El Consejo de Seguridad de la ONU sigue en la inercia. El sistema liberal requiere de nuevas energías. Los populismos inyectan derrotismo en las sociedades abiertas. Los electorados europeos quieren a la vez más Europa y menos cesión de soberanía nacional, menos impuestos y más gasto social. Tienen miedo y a la vez han ganado en bienestar. Es así como acogen las propuestas extremas y votan de tal manera que hacen inviable renovar el consenso entre el centro-derecha y el centro-izquierda. Eso hace difícil, en primer lugar, constituir gobiernos y, en segundo lugar, gobernar.
Al otro lado del río, hay que hacerse una pregunta: ¿Se vislumbra ya un pospopulismo o se consolidará la fractura del 'mainstream' político? El dilema concierne de pleno a la Unión Europea y al estado de ánimo de la sociedad española. No estamos en una fase armónica pero quién sabe que nos depararía un orden tripolar, con Washington, Pekín y Bruselas.
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