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Opinión | La Calle Nueva
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Los elementos del periodismo. Un recordatorio

Me pregunto a dónde ha ido a parar la disciplina de la verificación entre los periodistas contemporáneos

Periódicos y revistas apilados en una mesa de trabajo.

Periódicos y revistas apilados en una mesa de trabajo. / ARCHIVO

Hace años (fue en 2003) apareció en España un libro fundamental en la historia de este oficio, 'Los elementos del periodismo', debido a los norteamericanos Bill Kovach y Tom Rosenstiel. Entonces no había, junto a los útiles del oficio, ninguna de las oportunidades abiertas ahora para que parezca periodismo aquello que no lo es. Había mentiras, claro, cómo no iba a haber mentiras; y había todas las fallas que ahora mismo habitan entre nosotros, los periodistas y los ciudadanos que no son periodistas. Ahora, además, hay periodistas que son tertulianos, una especie bien escasa en aquel tiempo.

Por aquel entonces había quienes se asombraban de que hubiera tertulianos, gente que le dijera a la gente que sabía de todo, cuando en realidad sabía bien poco. En el programa más prestigioso de la radio, el de Iñaki Gabilondo en la Ser, uno de los tertulianos de aquellos tiempos le confesó al mejor radiofonista de la historia que, de eso de lo que se hablaba en aquel momento, él realmente no sabía nada. E Iñaki paró la emisión: “Señores”, dijo a la audiencia, “ha ocurrido algo insólito: en medio de una emisión alguien ha dicho que ignora algo de lo que aquí se dice”.

En un tiempo no había fe de errores, y cuando las hubo muchos periodistas y no periodistas hicieron lo posible por ignorarlas, porque el periodista se siente muchas veces un pez infalible. Ahora, por ejemplo, hay periodistas omniscientes que desde la mañana a la noche dicen lo que pasa, aunque estén a millones de kilómetros del suceso. Deducen y de su deducción hacen doctrina. Hay tertulias que acogen a gente ilustrada, y hay ilustrados que se consideran mucho más que tales y pontifican como si todo en ellos significara conocimiento y verdad.

Aquel libro, 'Los elementos del periodismo', apareció aquí como un desafío que podría atenuar la tendencia a considerar que cualquier cosa es periodismo. Claro que no es periodismo cualquier cosa, y justamente por eso hay escuelas y hay profesores y hay, en fin, reglas que avisan de que lo que no es verdad no es periodismo, aunque haya quienes consideren que encarnan todas las virtudes del oficio. Ahora, si me permiten, sería muy difícil que el Iñaki Gabilondo de este tiempo se encuentre con alguien del oficio (o fuera de él) que le diga que de eso de lo que se está hablando él no sabe nada.

'Los elementos del periodismo', aquel libro del que les vengo hablando, tenía un índice de obligaciones a cuyo cumplimiento debíamos someternos todos los que somos parte del oficio. No eran diez puntos, es decir, un decálogo, sino nueve obligaciones que paso a desgranar. 1. La primera obligación del periodismo es la verdad. 2. Debe lealtad ante todo a los ciudadanos. 3. Su esencia es la disciplina de la verificación. 4. Debe mantener su independencia con respecto a aquellos de quienes informa. 5. Debe ejercer un control independiente del poder. 6. Debe ofrecer un foro público para la crítica y el comentario. 7. Debe esforzarse por que el significante sea sugerente y relevante. 8. Las noticias deben ser exhaustivas y proporcionadas. 9. Debe respetar la conciencia individual de sus profesionales.

Entre todos esos puntos me pregunto a dónde ha ido a parar la disciplina de la verificación en el periodismo contemporáneo; ¿y qué ha pasado, por ejemplo, con la independencia con respecto a aquellos de quien informa, o, por ejemplo, ese punto 8 que advierte de la importancia que hemos de darle a que las noticias deben ser exhaustivas y proporcionadas…

En esta vida presente, en la era de las redes sociales, todas esas voluntades recogidas por aquellos profesores de periodismo se han vuelto papel mojado. Los periodistas nos hemos dejado manejar por la poltrona desde la que, de día y de noche, explicamos lo que otros saben haciéndole creer a quienes nos escuchan o nos leen que nosotros hemos investigado aquello que decimos.

Ryszard Kapuscinski firma un libro que hizo con otros ('Los cínicos no sirven para este oficio'. Anagrama) que advierte desde entonces (febrero de 2002) sobre la banalidad del mal de la época, el cinismo, precisamente. Decía a los que le escuchaban en un foro de entonces: “Nuestra profesión no puede ser ejercida correctamente por nadie que sea un cínico. Es necesario diferenciar: una cosa es ser escépticos, realistas, prudentes. Esto es absolutamente necesario, de otro modo no se podrá hacer periodismo. Algo muy distinto es ser cínicos, una actitud incompatible con la profesión periodística”.

Hace muy poco un cínico contemporáneo, que funge de periodista, dijo ante jueces que él era periodista pero que también era mentiroso. Y con ese cinismo salió del juicio y lo ganó.

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