Sanchismo versus antisanchismo
La figura de Pedro Sánchez, y no la ideología izquierda-derecha, marca la política de bloques en la España de hoy
Así están las encuestas de las elecciones en Extremadura 2025
Sánchez trata de cortocircuitar un acercamiento del PP a Junts y lanza un mensaje para agotar la legislatura

Leonard Beard. / 5
Pedro Sánchez es el epicentro de la política española, su yin y su yang, el dirigente que ocupa tanto espacio que se ha convertido en una metáfora de sí mismo: el sanchismo, causa y consecuencia de casi todo lo que sucede en la vida pública, desde el Tribunal Supremo hasta los platós de RTVE. En comunicación política, esa centralidad suele ser una ventaja, porque permite concentrar el foco y dominar el mensaje y el relato, pero en este caso no es así. Su predominio no se explica solo por quienes lo respaldan, sino también, y quizá sobre todo, por quienes han hecho de combatirlo su principal, si no único, proyecto político. Sanchismo, a menudo incluso a regañadientes, y antisanchismo se han consolidado como los dos grandes bloques de la política española.
El último año ha agudizado aún más un ciclo de polarización que parece no tener fin, un periodo en el que las tensiones se acumulan sin que aparezcan espacios claros para la distensión o el acuerdo. Los datos del tercer Estudio de Tendencias Informativas de Prensa Ibérica y LLYC reflejan un escenario de incomunicación prácticamente total entre gobierno y oposición. Ese silencio aparente no es un conjunto vacío, sino que está lleno de ruido: declaraciones altisonantes, acusaciones cruzadas y una conversación pública insoportable.
Presentado de este modo, el conflicto político se empobrece. No hay matices, apenas hay pasarelas posibles, cuando de estar a favor o en contra de Sánchez se trata. En el vértice de ese esquema aparece siempre el mismo nombre propio: Pedro Sánchez. Él es el campo de batalla, el ariete, la diana y el único botín posible en cada disputa parlamentaria, mediática o cultural. Todo se mide en función de su figura: cada crisis judicial, cada votación en el Congreso, cada intervención televisiva, cada chiste de Broncano o de Motos. Esta hiperpersonalización convierte la política en un plebiscito permanente sobre alguien más que sobre algo.
Los datos del Estudio de Tendencias ayudan a dimensionar esta centralidad. Entre el 1 de julio de 2024 y el 30 de junio de 2025, un tercio de los lectores de noticias políticas consumió contenidos relacionados con Sánchez, y casi una quinta parte de la conversación en redes sociales tuvo al presidente como eje. Esa omnipresencia subraya la paradoja de que cuanto más presente está el presidente, más evidente se vuelve su soledad, la de un líder rodeado de ruido. De tanto denunciar la polarización, Sánchez ha terminado por encarnar la figura más polarizadora del país, por encima incluso de fuerzas que nacieron para tensionar el tablero, como Vox, cuyo relato inicial se articuló contra el 'procés' y luego contra la inmigración, pero que hoy encuentra en el antisanchismo su principal combustible.
En ese clima, cada episodio se convierte en munición. Nombres como Koldo, Cerdán o Ábalos funcionan como proyectiles contra el presidente. Alrededor orbitan aliados incómodos —con Bildu siempre en primer plano— y socios imposibles: Junts. Cuanto más abstracto se vuelve el debate, más se embrutece el tono y más se difumina la frontera entre la crítica legítima y la descalificación sistemática. En el ámbito local todavía hay margen para la gestión, lo concreto y cierto aire de normalidad, pero en el plano estatal parece imponerse la lógica de la batalla permanente, política y cultural, como si no hubiera tregua posible.
Ese desgaste se traslada a la ciudadanía. La desafección crece cuando el clima de confrontación se cuela en la vida cotidiana y desborda la paciencia de un país cansado de vivir en campaña constante. El sanchismo, entendido como manual de resistencia, funciona; como tabla de supervivencia, hasta ahora también, y probablemente constituye hoy el principal valor político no solo del PSOE, sino de buena parte de la izquierda. Pero la pregunta de fondo es si un asedio continuo puede sostenerse indefinidamente. Que el mejor activo de la izquierda sea, al mismo tiempo, el revulsivo más eficaz de la oposición más dura introduce una tensión estratégica difícil de gestionar. ¿Sirve esta dinámica para contener a la extrema derecha o, por el contrario, contribuye a alimentarla al fijar un enemigo claro y reconocible? El nuevo ciclo electoral que arranca en Extremadura se perfila así como un laboratorio donde observar hasta qué punto esta centralidad extrema del sanchismo es sostenible para el propio Sánchez.
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