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Periodista
Rusia marca el paso en Europa

Emmanuel Macron y Volodimir Zelenski, el martes en París. | STEPHANE DE SAKUTIN / AFP
Las largas de Rusia a un acuerdo que detenga la guerra en Ucrania constituyen un testimonio fehaciente de las insuficiencias de Europa en materia de defensa y del error de cálculo o desconocimiento profundo de la situación manifestado por Donald Trump al proclamar durante la campaña de 2024 que cancelaría la crisis en 24 horas. El episodio vivido por Steve Witkoff, un millonario del sector inmobiliario que desempeña el papel de enviado especial del presidente en las negociaciones con Vladimir Putin, no deja de ser significativo: el Kremlin retrasó tres horas la reunión, llenado ese tiempo con una tournée turística por Moscú; un comportamiento del anfitrión como mínimo despreciativo. Pueden los ministros de Asuntos Exteriores de los socios de la OTAN reunirse en Bruselas, como han hecho esta semana, reiterar su apoyo a Ucrania y considerar de nuevo la posibilidad de emplear los depósitos bancarios rusos bloqueados para incrementar la ayuda al país invadido; puede repetir Mark Rutte, secretario general de la organización, que el enfoque de Trump a la crisis es el adecuado; pueden multiplicarse las cortinas de humo cuanto se quiera, pero nada logrará que se desvanezca la sensación de que es Rusia la que lleva la iniciativa.
Crece en Europa un cierto sentimiento de frustración porque más allá de las declaraciones solemnes -la última, la de Emmanuel Macron sobre el derecho inalienable de Ucrania a ser la única con derecho a decidir sobre su territorio-, la realidad es que los avances de Rusia en el campo de batalla, no muy grandes, pero significativos, sitúan a Rusia en una posición de fuerza. No hay otra verdad que el propósito de Rusia de quedarse con la tierra conquistada y, acaso, instalar en Kiev a un Gobierno títere, dirigido por un presidente títere -el modelo bielorruso-, puesto al servicio de la estrategia expansiva aplicada por Putin. Es imposible no caer en la cuenta de que la OTAN está lejos de ser el contrapeso que lleve a Rusia a hacer concesiones. Por el contrario, la potencia invasora de Ucrania dice no querer la guerra con Europa, pero está lista para afrontarla llegado el caso.
No deja de ser perturbador que, así las cosas, acelere la militarización de los espíritus en Europa, proliferen las iniciativas para establecer un servicio militar voluntario y remunerado -Alemania, Francia y Bélgica transitan por ese camino- que dejan abierta una puerta a que, en algún momento, se convierta en obligatorio. Una perspectiva aborrecible habida cuenta de las obligaciones sobrevenidas para quienes, sin comerlo ni beberlo, pueden ser un día llamados a filas para acudir a un campo de batalla de verdad y no a uno de maniobras. No hay deshonra alguna en seguir la carrera militar o en ser un soldado profesional, siempre que prevalezca la voluntariedad en tales decisiones; es más que discutible el derecho de los poderes públicos a condicionar la vida de los jóvenes, mujeres y hombres, siquiera sea por unos meses, para encuadrarlos en un dispositivo que quizá en algún momento los lleve a jugarse la vida. Cierto es que muchos socios de la UE mantienen la mili obligatoria, pero es asimismo cierto que celebraron muchos otros la supresión de la obligatoriedad como un avance en la preservación del libre albedrío de los ciudadanos.
Admitir que el desafío ruso obliga a dar marcha atrás por ese camino es una muestra más de debilidad, de incapacidad para fortalecer la autonomía estratégica europea. Resulta chocante que algunos de los gobiernos más refractarios a que su material militar sea compatible con el de otros miembros de la OTAN, a fin de facilitar la colaboración entre ejércitos, sean los mismos que presentan el restablecimiento de un servicio militar voluntario como una necesidad nacional. No hay forma de entender cómo en Francia cohabitan un presidente que recela por sistema de cualquier forma de homogeneización en la adquisición de material militar y un jefe del Estado Mayor del Ejército, el general Fabien Mandon, que avisa a sus conciudadanos, mediante un disparate injustificable, de que deben estar preparados para “perder a sus hijos” dentro de tres o cuatro años en una guerra con Rusia.
Resulta todo abrumadoramente preocupante. Desde que Donald Trump exigió a los aliados elevar el gasto en defensa al equivalente al 5% del PIB y salieron algunos, botafumeiro en mano -Mark Rutte, el más decidido-, a justificar la iniciativa, todo cuanto se discute y decide en el cuartel general de la OTAN obedece al hecho -al menos lo parece- de que Rusia marca el paso. Es inquietante escuchar cómo el canciller Friedrich Merz cree inevitable y necesario que Alemania disponga del mayor Ejército de la Europa occidental. No hay forma de hallar en los salones más influyentes del poder voces moderadoras, que entiendan que las paces armadas hasta los dientes siempre acaban en guerras y que los conflictos locales y regionales tienen un gran poder de contaminación (véase Gaza).
La doctrina del gran garrote (big stick) le vale a Donald Trump para acosar a Nicolás Maduro y amenazar a Gustavo Petro, pero es inaplicable frente a la lógica discursiva de Putin, un gran autócrata como él. La herramienta descriptiva del imperialismo estadounidense en América Latina, que fue tomada por el presidente Theodore Roosevelt de un proverbio africano -“habla suavemente y lleva un gran garrote, así llegarás lejos”-, es inaplicable a la invasión de Ucrania, a la soberbia de un líder armado con un enorme arsenal nuclear. No hay trampa ni cartón en una partida en la que todos los jugadores llevan las cartas marcadas, y esa militarización de los espíritus a toda prisa no hace más que confirmar que, más que hacia un desenlace, la crisis de Ucrania marcha rumbo a su cuarto año con destino a una cronificación de la inestabilidad y de la permanente injerencia neoimperial rusa en los asuntos europeos. Desiste así Rusia de mirar a Asia, porque no quiere incomodar a China, su aliado necesario, aunque sin inmiscuirse en la guerra, y encuentra en Europa la vecindad por el momento debilitada y desunida -Hungría, Eslovaquia, quizá algún otro caballo de Troya- que le permite, si no poner en práctica, sí al menos sopesar que la expansión territorial es posible.
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