Mi novela mexicana en Guadalajara
Los viajes no empiezan cuando aterrizas en el destino, sino justo antes de despegar en el origen
Barcelona brota en Guadalajara como "guardiana" de los libros: "Son nuestro escudo contra la intolerancia"

Los escritores Juan Pablo Villalobos y Miqui Otero.
Cuando en la cola de embarque veo a unos 25 armarios roperos con el chándal del equipo nacional de 'kickboxing' de México, vuelvo a comprobar que los viajes no empiezan cuando aterrizas en el destino, sino justo antes de despegar en el origen.
Rodeado de esos chándales rojos con cenefas aztecas, el elocuente Wako a la espalda, me siento de inmediato en una de esas novelas mexicanas fascinantes donde incluso un trayecto en bus puede derivar en una aventura. Durante el vuelo, sentado justo al lado de un luchador cuyo anular luce un sello de campeón de esa disciplina de lucha, me da tiempo incluso a imaginar el argumento: una selección de autores barceloneses vuela a la Feria del libro de Guadalajara, donde este año Barcelona es la ciudad invitada. Cuando están a punto de aterrizar en Ciudad de México, se les informa de la confusión: los luchadores de 'kickboxing' irán a las mesas redondas de la FIL mientras que ellos, con su exangüe forma física y su alta densidad de gafas y dioptrías, se ven abocados a una gira de combates en rings por toda la provincia de Jalisco. Se pierden muchas gafas y algún que otro ojo. Y así, en tan solo un rato de vuelo, me he contagiado del tipo de narrativa de, por ejemplo, Juan Pablo Villalobos, autor mexicano, pero también barcelonés.
Cuando el segundo vuelo aterriza en Guadalajara se han perdido las maletas, pero ese no es el tema de este texto. El tema es que al día siguiente visito, en el programa Ecos de la FIL, la escuela preparatoria (algo así como el instituto) de Lagos de Moreno. La narración avanzará por allí. El centro está en la localidad donde creció Villalobos, con el que comparto evento. Incluso él, habituado a la intensidad eufórica y a la energía cariñosa de la cultura local, parece sorprendido con lo que nos encontramos. Unos 400 preuniversitarios nos hacen un pasillo con pancartas y nos colman de regalos. Cada tres alumnos, nos para uno para mostrarnos el suyo: uno ha hecho un libro 'pop up' con citas de mis novelas donde, al pasar la página, se alza la Sagrada Família o Colón; otro me recita un poema inspirado en uno de mis libros, mientras que la siguiente me muestra un mural con mis personajes dibujados por ella a la manera manga; hay troquelados con nuestros nombres, ruedas de la fortuna con frases de nuestras historias, ramos de flores y retratos al óleo. Aparecerán un grupo de diez alumnos disfrazados de los personajes de 'Orquesta' (incluso con una bicicleta roja como la de la novela) y otros diez que van en pijama. “Perdonad”, digo, abrumado, pensando que efectivamente estoy soñando, “¿por qué vais en pijama?”. Van en pijama porque en una entrevista, cinco años atrás, dije que ser escritor consistía en estar un 90% en pijama, escribiendo en casa, y un 10% desnudo, cuando haces promoción y te preguntan por lo que has escrito. Luego, en el auditorio, diálogo con los alumnos, escenificaciones, vídeos. Y un momento de pánico cuando dos bailarinas de baile de Jalisco nos cogen del brazo y por unos segundos pensamos que vamos a tener que bailar en el escenario. “Me habría encantado verte zapatear en mi pueblo”, me dice Juan Pablo.
Después comemos en su casa y su madre nos deleita con un grandes éxitos de la cocina mexicana. Cueritos en vinagre, chicharrones picantes, pozole verde. Ambrosía y elixir y viandas y gratísimo humor y compañía. Hablamos de vecinos que eran luchadores enmascarados en el ring, ironizan sobre la política local y comentamos el partido del Barça. Así que continúa el sueño y la novela.
Una de las novelas de Villalobos, de hecho, se titula 'Si viviéramos en un país normal'. Y lo que hemos vivido no es normal, por suerte y en el mejor sentido. Otro de sus libros es 'No voy a pedirle a nadie que me crea'. Y yo tampoco voy a pedirle a los lectores barceloneses que lo hagan, aunque vuelo de vuelta, en dos días, con una panera llena de manjares mexicanos regalados por esos alumnos increíbles. También llevaré máscaras de lucha mexicana. Espero no cruzarme con un equipo nacional de lucha libre, porque quiero de verdad llegar a casa con ese tesoro. Será la forma de recordarme que esto sí pasó, que sí viví en una novela mexicana. Si mis hijos no me reciben con pancartas, vamos a tener un problema.
Miqui Otero es escritor
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