Opinión | Marc@ Royo
Ir a trabajar con escudo y capa
El trabajo del publicista implica horas de lectura, de escritura, de orden mental. Tiempo invisible que no deja rastro hasta que alguien, al otro lado, reconoce el valor de las ideas

Ser autónomo es trabajar con cabeza, pero también con corazón / EP
Ser autónomo hoy es ir a trabajar con un escudo y una capa. El escudo sirve para defenderte de la burocracia, de los impagos, de la incertidumbre y, demasiadas veces, de la falta de respeto. La capa es la que te recuerda que, a pesar de todo, todavía amas tu trabajo. Que sigues poniéndole pasión, sentido y esperanza.
Os contaré una historia. Hace unas semanas, una entidad me propuso una colaboración. Me pidieron un listado de servicios y un presupuesto. Pero, quizá porque me gusta demasiado lo que hago, decidí ir más allá (grave error). No quería limitarme a pasar un precio: quería entender el proyecto, leer su trasfondo, pensarlo, situarlo. Darle sentido antes que números.
Elaboré una propuesta estratégica completa: análisis del contexto, retos de la entidad, definición de la misión, relato institucional, estructura de proyectos, ejes de trabajo, estrategia de comunicación y una propuesta económica coherente. También planteé líneas de comunicación interna y externa, porque ningún relato se sostiene si no se trabaja también desde dentro.
El trabajo del publicista es, ante todo, un ejercicio de rigor y entusiasmo. Implica horas de lectura, de escritura y de orden mental. Tiempo invisible que no deja huella hasta que alguien, al otro lado, reconoce el valor de las ideas.
Cuando amas tu oficio, siempre das más de lo que te piden. Steve Jobs lo resumía con precisión: “El trabajo va a ocupar gran parte de tu vida, y la única manera de estar realmente satisfecho es hacer lo que consideras un gran trabajo. Y la única forma de hacer un gran trabajo es amar lo que haces. Si aún no lo has encontrado, sigue buscando. No te conformes.”
Esa búsqueda, como las grandes historias y las grandes relaciones, se afina con los años. Pero ese “más” desaparece de golpe cuando, en la reunión final, todo queda reducido a una frase que muchos autónomos conocemos demasiado bien: “Esto no lo podemos pagar. No tenemos presupuesto. Te lo podemos pagar en especies”.
Es en ese momento cuando te das cuenta de que aún hay quien presupone que la pasión es una forma de pago. Que el compromiso es un descuento. Que si trabajas en comunicación, estrategia o publicidad, tu trabajo es un lujo opcional, fácilmente sustituible por soluciones caseras e improvisadas:
el primo que “sabe hacer webs”,
el cuñado que “te puede llevar las redes”,
o el becario que “te hace el logo en una tarde”.
O que la escuela de los hijos se paga en especies y la nevera se llena con notoriedad.
Como si construir una marca fuera un pasatiempo doméstico.
Como si comunicar fuera solo publicar un cartel.
Como si el trabajo creativo fuera una afición y no una profesión.
Pero no: la vocación es lo que te hace hacerlo bien, no lo que te obliga a hacerlo gratis.
Mi asesora fiscal lo resumió de una forma tan sencilla como contundente: “Hay muchas fórmulas para pagar menos, pero ninguna compensa el valor de tu trabajo”. Y tiene razón. Como autónomos tenemos la obligación, y el derecho, de trabajar dentro del marco legal. Pero también tenemos la obligación moral de valorar lo que hacemos. Porque si no lo hacemos nosotros, difícilmente lo hará nadie.
Los autónomos vivimos demasiado a menudo en una cuerda floja invisible. Tenemos que protegernos y justificarnos para defender una obviedad: que nuestro trabajo tiene valor. Que no somos un añadido, sino una pieza esencial del engranaje económico, cultural y comunicativo del país.
Ser autónomo es trabajar con cabeza, pero también con corazón. Es levantarte cada día sabiendo que el tiempo es tu único recurso no renovable, y que detrás de cada factura hay horas invisibles, ideas, emoción y esfuerzo. Más semilla plantada y más piedra picada de la que jamás aparece en un documento.
Ir a trabajar con escudo y capa significa, en definitiva, seguir creyendo. En la dignidad. En el trabajo bien hecho. En el respeto.
Y también en el derecho, tan sencillo y tan esencial, de cobrar por aquello que sabes hacer, aquello que (crees) haces bien y aquello que aporta valor a los demás. Porque la pasión es una forma de hacer.
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