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Opinión | Lengua y sociedad

El catalán acomplejado

Los catalanohablantes renuncian al uso de la lengua por una mal entendida educación

Las abuelas de las 6.000 fosas

Alumnado el primer día de la selectividad de 2024 en el campus de la UPF.

Alumnado el primer día de la selectividad de 2024 en el campus de la UPF. / Marc Asensio

El catalán retrocede. Sin tregua. No el número de hablantes si no el porcentaje entre la población catalana que lo usa a diario en todas las esferas de su vida. Somos más y somos minoría los que lo usamos.

Es obvio que la población de Catalunya se ha disparado. De aquellos 6 millones de la época del President Jordi Pujol, hoy somos más de 8. Y no por crecimiento demográfico si no por gentes que llegan de medio mundo. Algunos huyendo de la miseria. Otros de la violencia.

Pero ese motivo no lo explica todo. Ni mucho menos. Por un lado están las redes sociales, tan al uso, tan de moda. Abrumadoramente en español. O incluso en inglés. Y los jóvenes viven en ellas. Apenas leen libros. Viven en un universo nuevo, ajeno a todo lo vivido anteriormente. Y se pirran por estar ahí. Es lo que se lleva.

Hay otra cuestión que no es menor. El catalán no mola como antaño. No mola porque ha quedado rezagado en este nuevo mundo tecnológico. Pero no mola tampoco porque en buena medida, en los últimos años, se ha asociado -en parte- a un mundo que está siempre enojado. El independentismo perdió la batalla de 2017 y éste -en buena medida asociado a la lengua catalana- ha pasado de ser la lengua de una sociedad alegre, audaz e ilusionada a una sociedad cariacontecida que transmite frustración a raudales.

Pero aún hay otro factor que pesa sobremanera. La actitud vacilante de los catalanohablantes. Siempre prestos a cambiar de lengua. A renunciar a su uso por una mal entendida educación. Y esa es una actitud muy extendida. Incluso entre los que se golpean el pecho como fervientes patriotas.

Una lengua está viva en la medida que sus hablantes la usan a diario para todo en su país. Cuando renuncian a ello es el principio del fin.

Si de verdad se tiene conciencia de país. Si de verdad se quiere tener futuro como tal, es imprescindible esa conciencia lingüística desacomplejada, militante, orgullosa. Hablando catalán siempre, con absoluta naturalidad. Ahí radica el futuro y vitalidad de la lengua, en la convicción de sus hablantes.