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Opinión | Intención de voto

Las bazas de Aliança per Catalunya

La formación de Sílvia Orriols conecta con inquietudes ciudadanas como inmigración y seguridad, y contrasta con la ambigüedad de las fuerzas tradicionales

Imagen del pleno del Parlament en la sesión de esta semana.

Imagen del pleno del Parlament en la sesión de esta semana. / Marta Pérez / EFE

La última encuesta del CEO confirma cambios de calado en el panorama político catalán: Aliança Catalana (AC) se consolida como un actor central y se sitúa prácticamente en empate técnico con ERC y Junts per Catalunya. Un escenario difícil de imaginar hace apenas dos años, que ya no puede considerarse coyuntural y cuya explicación responde a múltiples dinámicas de fondo.

El primer factor es sociológico. AC ha sabido conectar con inquietudes ciudadanas que el resto de partidos ha tratado con cautela. La inmigración y la seguridad, segundo y tercer problema según el CEO, son, junto al independentismo, el núcleo de su discurso. La formación de Sílvia Orriols aborda estos temas con una contundencia que contrasta con la ambigüedad de las fuerzas tradicionales y que a cada vez más catalanes que perciben una distancia creciente entre su experiencia cotidiana y las respuestas institucionales. Esa capacidad de interpelación directa ha otorgado a AC una notable visibilidad al convertirse, junto con Vox, en la formación que dice lo que otras evitan formular.

El segundo factor es organizativo y afecta directamente a Junts, un partido inmerso en una creciente confusión estratégica visible en varios frentes: desde la ruptura con Pedro Sánchez hasta los recientes cambios en su grupo parlamentario, el malestar del mundo local y unas diferencias internas cada vez más palpables. La reciente reorganización de su sector más izquierdista, destinada a frenar un posible giro conservador, evidencia las dificultades del partido para definir un proyecto propio más allá de la figura de Carles Puigdemont. Todo ello alimenta la fuga de votantes que buscan una claridad que Junts no ofrece, y en ese vacío AC encuentra un terreno fértil.

El tercer factor es político y tiene su epicentro en el Parlament, donde la actuación de Salvador Illa ha tenido un efecto paradójico: lejos de relegar a Sílvia Orriols, la ha amplificado. La combinación de la estrategia de cordón sanitario con los intercambios directos del President con ella le ha proporcionado una visibilidad muy superior a su peso real, hasta convertirla en líder de la oposición de facto, en un escenario donde ERC no acaba de encontrar su sitio y dónde Junts tampoco consigue articular una alternativa consistente.

La suma de estos tres factores -conexión con nuevas preocupaciones sociales, desorientación de Junts y proyección parlamentaria de Orriols gracias a Illa- muestra que AC no es un simple voto de protesta pasajero, sino el síntoma de una transformación profunda del sistema de partidos catalán. Con el independentismo dividido en tres fuerzas casi empatadas, un PSC a la baja, unos comunes debilitados y un Vox en ascenso, Cataluña avanza hacia un escenario cada vez más fragmentado y a un Parlament con una capacidad de consenso menguante, lo que dificultará la formación de mayorías y aumentará el riesgo de ingobernabilidad. Un desenlace que, por acción u omisión, es responsabilidad de los partidos del sistema.

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