Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Opinión | Quiénes somos

Memoria

No recordamos de forma justa ni equilibrada. Hay historias que removemos durante décadas y otras que enterramos con una alegría sorprendente

La 'Operación Cataluña' se lleva el protagonismo del inicio del juicio a los Pujol: 4 claves de la vista oral

Ilustración conceptual de un cerebro.

Ilustración conceptual de un cerebro. / Archivo

El deterioro cognitivo de Jordi Pujol revelado con motivo del inicio de su juicio me ha hecho pensar en la memoria. Qué queda y qué se borra. Hay recuerdos que son raíces y nos conforman, y hay los que eliminamos sin saber por qué.

Podemos ver a diario cómo la memoria colectiva funciona de una manera extraña, casi caprichosa, también. Hay historias que removemos durante décadas, como si fuera imposible dejarlas descansar, y otras que enterramos con una alegría sorprendente, como si nos estorbaran. No recordamos de forma justa ni equilibrada. Recordamos porque necesitamos explicarnos, pero no sabemos por qué la memoria selecciona con criterios opacos como el miedo, el orgullo, la vergüenza o la simple necesidad de protegernos para seguir adelante.

No sé si hay algún grado de conciencia en la elección de lo que conservamos, individual y colectivamente. ¿También nos manipulamos a nosotros mismos cuando se trata de nuestra memoria personal? Y eso, ahora que atravesamos un momento curioso en el que existe otro tipo de memoria que almacenamos en megabytes. Mientras nuestra memoria biológica puede ser tan frágil, la memoria exterior —la que delegamos en los dispositivos— es obstinada. La nube nos devuelve fotos que no sabíamos que queríamos ver, los recordatorios nos saludan con aniversarios que no teníamos presentes, las plataformas reproducen versiones de nosotros que quizá ya no somos. Y aquello que no aparece en la pantalla, a veces, ni siquiera tiene ocasión de volver.

Así, entre lo que recordamos demasiado y lo que olvidamos demasiado rápido, se va dibujando un paisaje extraño. Una memoria hecha de bastiones y de vacíos, de insistencias y desapariciones. Quizá no exista una manera correcta de recordar. Quizá sólo exista ese movimiento constante, irregular, que borra, que recupera, que transforma. Una memoria hecha de un material blando y permeable, que cambia de forma según desde dónde la miremos.

No sé si somos sólo memoria, parece que tenga que serlo todo, o si también somos el bienestar de cuando el sol de invierno nos calienta la cara, incluso en quienes ya han perdido del todo la cabeza. Pero sí hay algo revelador en ver qué permanece y qué no, qué insiste en volver y qué se va sin hacer ruido. Quizá sea en esta especie de geografía invisible —la de los recuerdos que resisten y los que se apagan— donde realmente se dibuja quiénes somos.

Suscríbete para seguir leyendo