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Opinión | Desperfectos
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Accesos a Soto del Real

La escenificación ‘cool’ del sanchismo ha mutado en estricta lucha por la subsistencia política, con un ejercicio permanente de circularidad egolátrica

Pedro Sánchez, presidente del Gobierno, sale del Congreso de los Diputados.

Pedro Sánchez, presidente del Gobierno, sale del Congreso de los Diputados. / José Luis Roca / EPC

Habrán pasado siglos desde que un patricio del felipismo -ya fallecido- pidiera a los periodistas del Congreso interesarse más a fondo por el debate presupuestario. Decidir cómo gastar mejor el dinero de todos era –decía- un acto parlamentario crucial, la política absoluta. Algo ha cambiado desde entonces: el Gobierno de Pedro Sánchez opera sin Presupuestos y no le da importancia, como si el acto sustancialmente decisorio de marcar las prioridades del bien común fuese un trámite particular.

Al mismo tiempo, personajes destacados del PSOE transitan por los módulos de respeto de Soto del Real. La práctica política de Pedro Sánchez es crudamente darwinista y por eso la disimula con el discurso buenista y los viejos abalorios del progresismo en caída libre. Es la política de supervivencia caiga quien caiga. Deja un rastro de cadáveres amigos, deconstruye el significado de la Transición y redunda en el emocionalismo más extremo. En ‘La huella de Sánchez’, José Antonio Zarzalejos ha analizado con exactitud de relojería suiza la construcción del sanchismo como un ejercicio permanente de circularidad egolátrica –primero él y después él-.

La escenificación ‘cool’ del sanchismo ha mutado en estricta lucha por la subsistencia política, contra sus adversarios políticos, frente a la identidad histórica del PSOE y a la greña con el sistema institucional de 1978. Cuando la presidenta del BCE dice que Europa vive en un mundo que está desapareciendo gradualmente y el canciller alemán habla de ruptura y final de época, Pedro Sánchez prosigue con los juegos malabares del inicio de siglo, su versión ‘woke’ de la memoria de España, la política exterior infantilista y no darse por enterado de que la inmigración ha cambiado el mapa político de Occidente. Su economía solidaria y sostenible consiste fundamentalmente en gastar demasiado, aumentar la presión fiscal y endeudar el país.

El Sánchez darwinista amedrenta aunque posiblemente sea un depredador político mucho más frágil de lo que parece. En las últimas semanas, el crédito que se le daba a la hora de saltar obstáculos ha menguado. Al liquidar a unos acaba dependiendo mucho más de otros; recurre a los bajos fondos de Ferraz y se deja ver por conferencias internacionales que no resuelven nada. Es un político sin lealtades, de intereses a corto plazo. De ahí que iniciase con gran frivolidad lo que José Antonio Zarzalejos llama “proceso destituyente”, a partir del pacto con quien fuera para la moción de censura de 2018 y de ahí a la fotografía de Santos Cerdán con Carles Puigdemont, a falta de una instantánea con Otegi.

Goldman Sachs acaba de rebajar sus previsiones de crecimiento para Europa, en buena parte a causa de la competencia china. En el imperio de Xi Jinping el sol de la IA ya no se pone nunca. De una forma o de otra, con el trasiego de Soto del Real, las grandes iniciativas que necesita la sociedad española quedan en ‘stand by’ porque Sánchez ha generado una acelerada malversación de energía institucional y política. Alimentar los extremos también es un efecto darwinista que siempre acaba mal.

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