Sabina en el bulevar de los sueños rotos
Un gentío ha abrumado con su calor a un generoso Joaquín Sabina en los conciertos de su gira de despedida de los escenarios, ‘Hola y adiós’

Joaquín Sabina, en Barcelona, en su gira ‘Hola y adiós’. / FERRAN SENDRA / EPC
Lo vi por primera vez cantando, o tarareando, en un bar de Londres, donde servía. Años más tarde, cuando ya era famoso al menos en una calle de Madrid, adonde iba con sus amigos a cantar y a buscar camino, se distinguía por ser una buena persona que reía.
Joaquín Sabina siempre abrió las puertas de su vida, cuando fue pobre y también cuando ya podía coleccionar libros y cuadros y nombres propios en su casa. En su tiempo, en el tiempo que nos dedicaba, cabía todo el mundo, y todo el mundo acudía a verlo y a cantar con él, a compartir sus saberes, sus canciones y también los frutos prohibidos de la época.
En la era en que todos sus amigos, este también, consumíamos cualquier cosa para estar alegres hasta que amaneciera, en este hombre de memoria imborrable (qué memoria enorme tiene Joaquín Sabina), había un aire de felicidad que venía del hecho cierto de que se había acabado, para todos, la dictadura. Entonces él era, como Kim de la India, el amigo de todo el mundo.
Una vez, en aquellos tiempos en que la oscuridad se fue rompiendo quizá para siempre (y quién sabe), lo vi bailando en lo alto de una calle de Úbeda. Estaba solo, mirando a los celajes, y parecía un muchacho perdido en medio del tumulto que seguía a la Semana Santa. Todavía no era famoso, o no tan famoso, pero lo cierto es que ya tenía nombre propio, discos, gente que lo seguía, amigos que luego le harían sus propias melodías, como Luis García Montero, el poeta.
García Montero decidió una vez rescatarlo del fervor oscuro de dejarse llevar por la nada y escribió para él una canción que lo rescató de su propio olvido. Aquella canción, 'Nube negra', no solo le sirvió a él para salir otra vez a cantar a la calle, a los pueblos y a los países (es tan querido en su pueblo como en toda América Latina, por ejemplo), sino que además lo devolvió a la luz del día y a la risa de las noches. Joan Manuel Serrat, su amigo, su cuate, fue también un afecto imborrable en este ser humano que hizo que el Noi del Poble-sec lo siguiera en una imborrable gira que los hizo a los dos mejores, más alegres.
Imborrable amistad que no conoció desmayo. Sabina se cayó del escenario de Madrid una noche de sábado, y ese incidente que llenó de estupor a Serrat y a todos los que lo vieron caer, ha servido ahora de punto de partida para su despedida, precisamente. 'Hola y adiós' se ha llamado el evento. La palabra adiós es tan grave que ahí durará, seguro, hasta el último suspiro.
Porque este Sabina de las canciones y de las letras que regaló a otros (una vez dio media canción a Enrique Urquijo de Los Secretos: la de estos se llamó 'Ojos de gata', la suya fue la imborrable fue 'Y nos dieron las diez') y que desde hace siglos canta todo el mundo. Ahora un gentío (muchos gentíos, pues su reencuentro ha durado varios días) lo ha abrumado con su calor en el Movistar Arena de Madrid, y ha sido la última vez (¿la penúltima quizá?) que este hombre de las letras tristes (y solemnes, pero llenas de pasión por la vida) que levanta las masas más allá de su propia alegría.
Estuve en uno de los últimos conciertos. Sentado, su cuerpo de 1948 parecía a veces el de un muchacho pícaro de otros tiempos. Pero en su aire disociado de poeta y de amigo de todo el mundo, sobresalió siempre la ternura que está en sus letras, en sus ojos y en su memoria. (Por allí sentí a su mayor benefactor, de él de Serrat, Berri, su agente: imposible no sentir ese aliento que este hombre que ha sido agente de los dos ha alimentado para hacerlos también artistas de la amistad).
Consta en el aire que describe a Sabina, el de sus amigos, el de sus seguidores, que jamás, mientras viva, va a dejar atrás la generosidad en la que se basa su relación con la vida. Es generoso cantando y mirando, y leyendo, y escribiendo.
Su penúltima canción, a la que siguieron canciones de regalo, fue un homenaje a Chavela Vargas, la mujer del bulevar de los sueños rotos, a la que conoció en Madrid cuando ella había venido a desintoxicarse de la tristeza que el alcohol y la vida le habían prestado. Esa melodía, que lleva en el corazón la expresión que acompañó su corazón contrito, parecía en la voz de Sabina el semblante de una autobiografía… Que las persianas no rompan las horas, que todas las lunas sean lunas de miel, que no te dan la razón los espejos…
Lo escuché cantar en medio de un gentío, igual que años atrás, tantos años, lo vi cantar en los túneles de los bares, en los cuchitriles de la soledad. Y quise verlo con su edad de ahora, en el tiempo de ahora, en este país en el que se está haciendo de noche la alegría. Y en esos ojos suyos, que son como la mirada asustada de los adolescentes, me pareció ver, otra vez, a aquel chico que servía copas y cantaba en los tugurios de Londres, donde quizá esperaba que 2025 no fuera ahora el tiempo triste de España, en el que la gente se mirara otra vez de reojo, como si el país, este país, hubiera dejado de cantar más allá de los espejos rotos.
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