El problema no fue Pujol sino el pujolismo
Quien le quitó título de honorable al expresident no fue España, sino Artur Mas, y quien se cargó su partido en un fin de semana fue su propio ejército de fieles

El expresidente de la Generalitat Jordi Pujol. / EFE
Dejemos por un momento de lado la estampa ya legendaria del president Pujol escuchando por videoconferencia esta especie de juicio final a su figura, obra y legado. Dejémoslo allá sentado, un cuadro tan poderoso que a sus 95 años tiene ya un aire bíblico que lo trasciende, como si fuera una especie de cuerpo mitológico que sintetiza todo lo bueno y lo malo que nos ha sucedido en el último siglo. Vayamos, pues, a lo que hay a su alrededor. Agazapada detrás del tótem está su familia biológica, pero ya sin el aura ni la protección del sumo pontífice. Se les ve desnudos y desprotegidos, todos metáfora de un tiempo pasado en el que el tráfico de influencias en Catalunya se vestía de ascensor social. Por mucho que lo pretendan y pase lo que pase en el juicio, ya nadie los puede ver como víctimas. Luego está su antigua corte pretoriana, devastada por la corrupción, algunos en la cárcel, otros ni siquiera hizo falta. Ejemplos de una época en la que los favores se repartían en los mejores restaurantes, representaron el sueño de una burguesía decadente que entre gambas de terciopelo juraban su triunfo de clase y su ancestral odio a la izquierda. Por último, vienen sus herederos políticos, convertidos en la última excrecencia del pujolismo. Porque a Pujol le disparó el Estado cuando su cabeza era la más preciada para descabezar el 'procés', pero le enterraron los suyos. Quien le quitó el título de honorable no fue España, sino Artur Mas, y quien se cargó su partido en un fin de semana no fue un contubernio españolista, sino su propio ejército de fieles que corrieron a enterrarle vivo con el rabo entre las piernas cuando todavía era posible su salvación moral. Por eso no es ninguna casualidad que aquella fabulosa maquinaria de poder, de influencia y de construcción nacional que fue Convergència se haya ido degradando hasta esta última versión de Junts, un simulacro de partido ya sin poder ni influencia y al que solo le queda su capacidad innata para gesticular. El mismo día que la efigie de Pujol llenaba la pantalla de su histórico juicio, la antigua Convergència votaba en el Congreso con PP y Vox para poder arrancar un minuto del telediario. La filial del partido que logró sintetizar los complejos y también los sueños de aquella entidad que conocimos como burguesía catalana es ahora un artefacto a la deriva que no sabe si huye de Sílvia Orriols o quiere abrazarse a ella. Aquel partido que se concibió para gobernar y solamente para gobernar ha terminado devorado por los delirios que fabricó artificialmente durante el 'procés'. Ahora ve cómo su hijo bastardo llamado Aliança Catalana vuelve de madrugada para aniquilarlo, como una película de terror que no solo lo atenaza a él, sino a toda la sociedad catalana. Por eso hay que vigilar con focalizar demasiado en la irresistible estampa de Pujol en este juicio que llega ya en el tiempo de descuento, cuando su figura ya vive fuera del tiempo. Por muy grande que fuera la decepción moral con la 'deixa' del 'avi' Florenci y por mucho que su imagen eclipse todo lo demás, es bueno recordar que el auténtico naufragio no ha sido de Pujol, sino de todo el pujolismo. No, no fue España: fueron los suyos.
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