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Opinión | Valoración política
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Las múltiples herencias de Jordi Pujol

Mientras que el legado político del expresident se ha ido diluyendo, el institucional, aunque también con sombras, permanece como el más duradero

L'expresident de la Generalitat Jordi Pujol

L'expresident de la Generalitat Jordi Pujol / Kike Rincón - Europa Press - Archivo

El juicio, largamente esperado, a Jordi Pujol y varios de sus hijos se centra en la existencia de fondos familiares no declarados durante décadas y en la sospecha de que parte del patrimonio pudo generarse mediante actividades irregulares, una cuestión abierta desde su confesión pública en 2014. Aquel reconocimiento lo relegó al ostracismo político y social, apenas mitigado por su reciente recuperación protocolaria como expresident, y no ha disipado las sombras sobre su legado. Ahora, el proceso judicial busca aclarar el origen de la herencia familiar y las posibles responsabilidades, al tiempo que plantea hasta qué punto esa confesión y el propio juicio condicionan la capacidad de valorar su figura con equilibrio.

Porque su legado va mucho más allá de lo que puedan resolver los tribunales. Abarca, por un lado, su herencia política y partidista -de CDC y CiU al PDECat y, finalmente, a un Junts per Catalunya hoy profundamente erosionado- y, por otro, una herencia institucional más duradera, visible en la construcción del autogobierno y en la arquitectura del ‘statebuilding’ que definió la Catalunya democrática y de la cual Pujol fue el principal artífice.

Ambas dimensiones se asentaban en un catalanismo surgido de la lucha antifranquista, articulado como un nacionalismo cívico -“és català qui viu i treballa a Catalunya i vol ser-ho” - y en una voluntad cohesionadora basada en políticas públicas de bienestar, una identidad compartida sustentada en la lengua y las instituciones propias, y una ética del esfuerzo (‘Sant Pancraç, salut i feina’). Todo ello conformaba el proyecto de “construir Catalunya”, que se tradujo primero en el ‘fer país’, luego en el ‘fer política’ y el ‘fer partit’, y desde 1980 en el ‘fer govern’, utilizando las instituciones autonómicas para consolidar su visión del país. Por eso, la confesión de 2014 y los comportamientos irregulares atribuidos a sus hijos introducen una profunda contradicción entre la ética proclamada y las prácticas privadas, una disonancia que ha marcado de forma duradera la percepción de su legado.

La primera dimensión de esa herencia es la política. CDC, y por extensión CiU, sinónimo durante décadas de estabilidad y responsabilidad política, desapareció tras años de desgaste por la corrupción y por el impacto del ‘procés’, que ni el PDECat pudo revertir. El relevo pasó a Junts per Catalunya, más plataforma electoral que partido, pero el espacio posconvergente afronta hoy graves dificultades: culturas políticas dispares, dependencia del liderazgo de Carles Puigdemont y el lastre del fallido ‘procés’ han impedido articular un proyecto sólido, mientras nuevos competidores como Aliança Catalana revelan la volatilidad de su electorado. Así, en este ámbito, la herencia política de Pujol se ha ido diluyendo.

En contraste, la herencia institucional del pujolismo es la más duradera. Entre 1980 y 2003, Catalunya vivió un proceso sostenido de ‘statebuilding’ que profesionalizó la Administración, extendió los servicios públicos y vertebró territorialmente la Generalitat, en un contexto en el que el PSC apenas disputó ese terreno. El resultado fue una arquitectura institucional fuerte, capaz de resistir los cambios de ciclo político. Sin embargo, este legado también presenta sombras: el modelo de relación entre la Generalitat y la sociedad civil, las redes clientelares y la personalización del poder han sido objeto de crítica, junto con una voluntad nacionalizadora que no siempre se mostró permeable al pluralismo interno del país.

El juicio esclarecerá el origen de la herencia financiera de Pujol, pero no permitirá evaluar el conjunto de sus legados. Por ello es necesario separarlo de la valoración histórica de sus otras dimensiones: una herencia política y partidista prácticamente diluida; una herencia institucional sólida pero sometida a revisión crítica, y un modelo de catalanismo en crisis, con derivas cada vez más esencialistas. Unos legados que conviven en tensión y que solo pueden evaluarse en un marco más amplio que el estrictamente penal. Sería una lástima que de un proyecto que consiguió 'fer país', 'fer partit' y 'fer govern', solo acabara pesando la sombra del 'fer diners'.

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