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Opinión | Contra el olvido

Luchar contra la ruina

Trincheras kitsch

Una mujer con tatuajes

Una mujer con tatuajes

Adoradores del número, los pitagóricos odiaban la naturaleza indescifrable del cuerpo. Tumba del alma, lo llamaban. Más tarde, Platón se sumó al linchamiento. Le parecía que la densidad corporal privaba de libertad al ánima. Sólo al morir se liberaba de su cautiverio para volar al cielo imperturbable de las ideas.

La Europa moderna quiso desterrar esas expresiones para siempre. Eres materia, grita nuestra época desalmada. Mientras la neurociencia canibaliza lo poco que queda del espíritu, cultivamos la vida corporal. Con dietas, gimnasios y bótox tratamos de salvar la materia. Porque la única forma de existencia es el cuerpo, todos nuestros esfuerzos tratan de botar en él cualquier rastro de ruina.

Todos, menos uno: los tatuajes. Es difícil hoy encontrar una piel sin grabar. Con el tattoo se intenta huir del paso del tiempo, recordar, pero permaneciendo en él. Es una forma de aferrarse al pasado y evitar así el olvido.

De manera especial, cuando los tatuajes recuerdan a los difuntos. Evitamos los tanatorios y los funerales y ya nadie pone flores en las lápidas. Pero marcamos el cuerpo con las ausencias que van llenando la vida. Mientras nos quitamos arrugas de la piel, los tatuajes son las cicatrices que escogemos conservar. Las marcas del pasado del que no nos queremos despojar.

Ya en sus orígenes los tatuajes servían a los marineros de identificación mortuoria: si caían al mar, serían reconocidos por las marcas de su piel. Con ello se mantenía la identidad pese al paso devorador del tiempo. El cuerpo cobraba así los rasgos de una lápida, como única manera de identificar al muerto.

El cuerpo vuelve a ser una tumba

Así, el cuerpo vuelve a ser una tumba. Pero hoy es la tumba de aquellos a los que no queremos dejar marchar. Según el experto en ritos funerarios Carlos Hernández Fernández, hacemos del cuerpo el cementerio de aquellos que queremos.

La pregunta que surge entonces es si nosotros nos enterramos con ellos. Si como Antígonas nos sepultamos en vida con aquellos que se nos van. Porque la función del cementerio es precisamente la de dejar reposar al difunto fuera de nuestras vidas. Cumple la función de la despedida. Al dejarlo en la necrópolis, se le deja marchar.

Pues, la memoria es fundamental, pero es necesario «recordar hacia mañana». Nos lo dijo Federico Garcia Lorca y nos lo ha vuelto a recordar Felipe González. Hay que recordar «las cosas vivas, ardiendo en su sangre, con todos sus perfiles intactos». El pasado debe abrirnos al porvenir.

De lo contrario, la vida se vuelve pretérita y el rigor mortis todo lo paraliza. La memoria hacia ayer nos entierra en un pasado al que ya no podemos volver y nos enemista con un presente del que no podemos huir.

La memoria debe tener así una función terapéutica. Debemos recordar para poder olvidar. Porque el olvido es también una forma de memoria. La de la vida que vive el presente y se abre al porvenir. Nuestros muertos podremos reencontrarnos, si la esperanza no miente, y los memoriales de los caídos en guerras del pasado deben avivar en nosotros el deseo de paz.