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Opinión | Bloglobal

Trump arma el gran choque con Maduro

Portaviones 'Gerald R. Ford', el más grande del mundo, camino del Caribe.

Portaviones 'Gerald R. Ford', el más grande del mundo, camino del Caribe. / EFE

Ha cruzado Estados Unidos todas las líneas rojas para impedir un desenlace no estruendoso del cerco a Venezuela con seguro impacto en el resto de América Latina. No hay rastro de moderación en el acoso de Donald Trump a Nicolás Maduro para una salida civilizada del disenso ni hay en el presidente de Venezuela ademanes atentos a la Realpolitik, sino un recurso permanente a las grandes proclamas populistas, una afición que comparte con Trump, una norma o estrategia que impide todo vaticinio tranquilizador. Cuando dos autócratas se enfrentan -con gran desequilibrio de medios en este caso- no es posible parar la colisión salvo que se dé una conjunción propicia que lo impida, una situación que no se detecta en el Caribe, militarizado sin disimulo frente a la costa venezolana. No asoman en el horizonte caribeño fórmulas para el apaciguamiento, sino una escalada desbocada.

La decisión del Gobierno de Venezuela de revocar la concesión a varias aerolíneas, entre ellas Iberia, a renglón seguido de los avisos emitidos por Estados Unidos relativos a la inseguridad del espacio aéreo en aquel país, coincide en el tiempo con la declaración inmoderada de Pete Hegseth, secretario de Guerra -antes Defensa- de Trump: “Vamos a perseguir a los narcoterroristas, no nos quedaremos de brazos cruzados”. Las operaciones encubiertas en suelo venezolano confiadas a la CIA, tan indescifrables; la movilización general ordenada por Maduro; los mensajes de la nobel de la Paz María Corina Machado, admiradora confesa de Trump, líder en la clandestinidad de la oposición conservadora a Maduro, dada a aventurar una caída inminente del régimen, y los apoyos agavillados por Caracas, de naturaleza y orientación heterogénea, son otros tantos ingredientes para temer lo peor. Al igual que un análisis escueto, cada vez más compartido y, ese sí, adscrito a la Realpolitik: si Venezuela no tuviera las mayores reservas de petróleo del planeta, Trump no movería un dedo; si Maduro fuese un presidente legitimado por las urnas -nunca facilitó las actas de las elecciones del 28 de julio de 2024-, la oposición interna no tendría el perfil que tiene.

La reiteración en presentar la militarización del Caribe como una operación destinada a combatir el narcotráfico mediante el hundimiento de embarcaciones y la muerte de sus tripulantes resulta tan obscena como la pretensión de Maduro de perpetuarse en el poder cueste lo que cueste, sometidos sus conciudadanos a una degradación permanente de sus condiciones de vida, a una economía de mínimos a pesar de la cuantía de las rentas del petróleo desde que Hugo Chávez llegó a la presidencia en 1999. Es un brindis al sol de Diosdado Cabello, ministro del Interior de Maduro y número dos del régimen, afirmar que es Venezuela la que decide “quién vuela y quién no”, porque es evidente que la reacción de las aerolíneas de no volar a Caracas es anterior a la revocación de los permisos. Intentan imponer las estrategias de propaganda de ambas partes una fotografía trucada de la realidad, manipulada hasta el disparate; desentierra Trump la política del gran garrote al sur de río Grande, un sinsentido para quien no pierde ocasión de reclamar el Nobel de la Paz; anda el régimen venezolano parapetado tras el Ejército -el más poderoso de Latinoamérica-, suficiente para controlar la disidencia y la contestación interior, pero sin capacidad alguna de contener una andanada de Estados Unidos si el comandante en jefe la ordena.

Tiene Trump una visión binaria del mundo, más propia de un empresario destemplado que de un estadista: mis clientes siempre tienen razón; mis competidores nunca la tienen. Carece de la percepción personal y la formación necesaria para admitir que caben un sinfín de matices entre los aliados incondicionales y los adversarios pertinaces; tiene su sectarismo un alcance desmesurado, propiciatorio de crisis de todo tipo que, al mismo tiempo, le llevan a cosechar fracasos clamorosos, sometido su discurso a la astucia de sus presuntos cooperadores necesarios -Vladimir Putin y Binyamin Netanyahu, dos casos-, que le obligan a rectificar con frecuencia sobre la marcha. No es Venezuela una excepción en ese enfoque binario, sino que, según acabe la crisis, puede poner patas arriba el orden latinoamericano que sucedió al final de las dictaduras militares y pareció cancelar en parte el retrato de la región contenido en Las venas abiertas de América Latina (Eduardo Galeano, 1971); puede activar, por el contrario, el proceso de neutralización de la izquierda democrática que se detecta en entornos tan diferentes como Argentina, Chile, Ecuador, Perú y, a no tardar, quizá Colombia.

Se ha desvanecido en la espesura de las constantes vitales del continente la ambición de Hugo Chávez de hacer de Venezuela la nueva referencia de los grandes programas sociales destinados a rescatar de la pobreza a sociedades que cobijan desigualdades lacerantes. En alguna medida, alcanzó esa meta después del golpe que quiso cancelar su experimento (2002) y aún más cuando el barril de petróleo rondó los 150 dólares (julio de 2008): las misiones -iniciativas sociales- fueron factibles mientras el precio del crudo no dejó de subir y dejaron de serlo cuando cayó paulatinamente. Llegó a decir Chávez que el barril debía llegar a los 200 dólares; el orbe financiero dejó claro que a ese precio se desplomaría la economía mundial y provocaría la consiguiente depreciación del oro negro. Tampoco en este caso prevaleció la Realpolitik en las previsiones de futuro que hizo el Gobierno venezolano y que, a la larga, justificaron el auxilio interesado de Rusia y China.

Martín Caparrós recoge en Ñamérica (2021) esta reflexión de Simón Bolívar, fugitivo en Jamaica en 1815: “En cuanto a la heroica y desdichada Venezuela, sus acontecimientos han sido tan rápidos y sus devastaciones tales, que casi la han reducido a una absoluta indigencia y a una soledad espantosa, no obstante que era uno de los más bellos países de cuantos hacían el orgullo de la América”. Y Caparrós escribe unas páginas más adelante. “En Caracas casi nada funciona: las luces de las calles, por ejemplo. Aquí las noches son noches de otros tiempos, cuando el sol caía y cada calle era una trampa oscura. Después las ciudades trataron de simular que el sol nunca se pone, que la luz no depende de esas tonterías. Aquí, ahora, la noche es otra vez la noche”. Donald Trump está dispuesto a extender al día entero las sombras de la noche.